Papel y Tinta

Reverón, luz en el alma

Lorena Almarza
Escrito por Lorena Almarza

A través de su pasión por la pintura se creó un mundo propio. Allí estableció sus reglas y métodos, y lejos de todo confort y bienes, se adentró en una búsqueda estética y espiritual. ¿Quién pinta como Reverón? Nadie como él. Armando pintó, tejió, cosió e hizo mil utensilios de carácter utilitario con sus propias manos y con los más diversos materiales. Se llenó de mar y luz, y en cada pincelada, la luz que llevaba dentro tomó el lienzo e inundó El Castillete

En Macuto, entre cocotales, uvas de playa y demás árboles construyó su vivienda-taller y creó su propio mundo junto a su Juanita, las muñecas y al pequeño Pancho. Allí, se adentró en una búsqueda creativa intensa y propia, cuyo camino fue la luz, pues según el pintor: “No podía pintar sino amaneceres. Pintándolos se me olvidaban siempre las gaviotas.  Debe ser porque el color de su vuelo tiene la luz en otras horas”.

Muchos dicen que estaba loco, yo no lo creo, simplemente tenía luz en el alma.

Rituales creadores

Vivió entre sus obras, la naturaleza, las muñecas y sus rituales creadores como: taparse los oídos con gruesos tapones recubiertos de tela para aislarse del exterior, atarse un bejuco muy ajustado a la cintura o danzar frente al lienzo con movimientos que asemejaran pintar, para alcanzar un ritmo particular del cuerpo. Incluso llevó una vida casta con la idea de “preservar y separar lo puro de lo contaminado” y canalizar la energía para crear. Según Alfredo Armas Alfonso “se colocaba un libro casi cosido a la piel del vientre y otro ceñido a la altura de los riñones (…) la Biblia sobre los órganos reproductores y el Quijote sobre las viseras (…) otras veces pone en su rostro sus máscaras que se adhieren a la cara como una segunda piel (…)”.

La pintura desde el inicio

Armando Reverón Travieso nació en Caracas el 10 de mayo de 1889. Ese año, los andinos llegaron al poder y el “Ilustre Americano, Antonio Guzmán Blanco falleció por allá en París. Del otro lado del charco, Freud publicó “La interpretación de los sueños”, y Rosa Luxemburgo hacía lo propio con su no menos polémica obra, “¿Reforma Social o Revolución?”.

Julio Reverón Garmendia y de Dolores Travieso, ambos de familias acomodadas, fueron sus padres. Sin embargo, su unión duró poco y como consecuencia de la separación, el niño fue llevado a la casa de los Rodríguez Zocca, una familia amiga residenciada en Valencia, que recibió al muchachito con amor, y le brindó la protección y seguridad necesaria. Desde muy jovencito mostró su interés y capacidades para la pintura, de hecho, en múltiples oportunidades, las paredes de la casa le sirvieron de lienzo.

Su tío Ricardo Montilla, quien era pintor fue uno de sus primeros maestros y quien lo animó a seguir su vocación artística. Según cuentan, Armando tenía un carácter “triste, irascible y melancólico”, sin embargo, Juan Calzadilla, crítico de arte y poeta refirió que desde niño fue “bastante sociable y muy inclinado hacia la teatralidad”. Seguramente, la misma que estuvo presente en su actividad artística a modo de ritual y ceremonia, y que solía mezclar con danza, al pintar.

Estudios de arte

En 1908 ingresó en la Academia de Bellas Artes donde estudió con Manuel Cabré, Rafael Monasterios y Antonio Edmundo Monsanto; y tuvo como profesores a Antonio Herrera Toro, Emilio Mauri y a Pedro Zerpa. En 1911 obtuvo la calificación de sobresaliente en un Concurso de Pintura, y ese mismo año egresó de la Academia con una pensión de estudios por su destacado rendimiento.

Partió a España a estudiar en la Escuela de Artes y Oficios y Bellas Artes de Barcelona, donde recibió clases con Vicente Borrás Avella, de quien aprendió el manejo del color. Estudió el trabajo de Goya, se interesó por las obras de Velásquez, Lucientes y del pintor griego Doménikos Theotokópoulos. Se fue a Madrid y cursó estudios en la Academia San Fernando con Antonio Muñoz Degrein y con José Moreno Carbonero, pintor maestro de Dalí. Al culminar, viajó durante seis meses por el norte de Francia, recorrió París y se acercó a la pintura impresionista.

Regresó a tierra patria en 1915 y se incorporó al Círculo de Bellas Artes, asociación artística que cuestionó la rigidez de los métodos de enseñanza aplicados en la Academia de Bellas Artes. Seguidamente comenzó a pintar al aire libre y luego, se instaló en La Guaira en un local del Colegio Santos Michelena, donde pintaba y daba clases particulares para ganarse la vida. A Juanita, su musa y compañera hasta el final de sus días, la conoció en las fiestas de carnaval en 1918.

El amigo Ferdinandov

En Memorias de un general de la utopía, García Ponce refiere que Reverón fue gran amigo del pintor ruso Nicolás Ferdinandov, quien “(…) hablaba de los clubes jacobinos en San Petersburgo, los campos de exiliados en Siberia, la historia de los “decembristas y de la Voluntad del Pueblo”, las manifestaciones rojas en Moscú y de la palabra de Lenin (…) El azul era la tonalidad favorita del ruso y también usaba el rojo ocre y el gris (…)”. De hecho cuentan que Ferdinandov quien lo incentivó a irse a vivir a Macuto y emprender su propia búsqueda artística. Dicen también, que “(…) Reverón, en cierta manera discípulo, acentuaría ese estilo del ruso en los blancos maravillosos y el ocre diluido en líneas apenas insinuadas (…)”.

Se apagó la luz

En dos oportunidades estuvo internado en un psiquiátrico, la última y definitiva fue durante ocho meses. Allí, el 18 de septiembre de 1954, la luz se apagó. Dicen que ese día cayó granizo en Caracas.
En homenaje al artista, el día de su natalicio se celebra el Día del Artista Plástico. A su vez, en abril de 2015, su trabajo fue declarado “Bien de Interés Cultural para la Nación” y en mayo se autorizó el traslado de sus restos mortales al Panteón Nacional.

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