Papel y Tinta

Aquiles en el corazón del pueblo

Lorena Almarza
Escrito por Lorena Almarza

Yo conocí un caballo que se alimentaba de jardines (…)
cuando uno le miraba los ojos las cosas se veían de todos los colores (…)”.

El Amoroso

Aquiles, no solo fue destacado poeta, humorista y periodista si no un amoroso y ferviente defensor de la identidad y los valores culturales de nuestra tierra. Amó Caracas, y amó a Venezuela, lo popular y lo sencillo, la gente y sus cosas, los refranes, las coplas, habló de lo profundo y trascendente sin acicalamientos y lo entregó al pueblo a manos llenas con ternura y lirismo único. Tenía una imaginación prominente y dulzura desbordante, contó la ciudad, lo venezolano y lo cotidiano, tejiendo recuerdo, imaginario y realidad.

A lo largo de su obra, evocó héroes y momentos de valor histórico, pero también visibilizó hechos y personajes cotidianos. Poetizó sobre la ciudad, engrandeció la cultura y nos invitó permanentemente a reflexionar. En todo, su fuerza espiritual, su humor y su sonrisa.

El escritor y filósofo Ludovico Silva, refirió sobre Aquiles: “Ha sido el único poeta venezolano que habló directamente a los desheredados, a los marginales, a los miserables y también a esas clases medias que tienen un pie en el barro y otro en el primer peldaño de la escala social. Sus versos son la expresión más transparente y menos falsa que existe, en el plano poético, no solo de las costumbres, gustos, decires, prejuicios, amores y dolores de los sectores venezolanos que sufren con mayor inclemencia la aberración histórica del subdesarrollo; sino lo que es más: expresan con perfecta nitidez la lucha de clases en Venezuela, que es muy semejante a la de otros países de América Latina”.

En el Guarataro

Aquiles nació el 17 de mayo de 1920 en Caracas. Su familia vivía en el Barrio Nuevo Mundo del Guarataro en una calle paralela a la vía de llegada del tren de los Valles de Aragua. Corrían tiempos de Gómez, a saber, “la paz de los sepulcros y de las mazmorras atestadas de críticos y oponentes”. Sobre su nacimiento escribió el propio Nazoa: “Los dioses que presidieron mi nacimiento en 1920, me fueron especialmente favorables y les agradeceré siempre el haberme deparado la ocasión de vivir una niñez cuyos términos más poéticos y constantes fueron el tranvía y el tren (…) en el momento en que yo nacía, en ese tren se embarcó mi corazón para siempre y estoy todavía en trance de esperar su regreso”.

Sus padres, Rafael Nazoa y Micaela González eran muy humildes. El mismo poeta contó que tuvo una “infancia pobre pero nunca triste”. Estudió en la escuela El Buen Consejo “que parecía desprendida de un bonito libro de lectura porque al frente le pasaba una quebrada y se llegaba a ella por un puentecito (…)”. Luego estudio en la Escuela Federal Zamora, frente a la Plaza de Capuchinos donde solía jugar con Héctor Poleo y Evencio Castellanos. Todos los domingos iba con su padre en la bicicleta a pasear por la ciudad, y así aprendió a “deletrear el paisaje”.

Todos los oficios

Con apenas doce años empezó a trabajar para ayudar en la casa. Se hizo aprendiz de carpintería, repartidor de bodega y panadería, telefonista y botones del hotel Majestic. Aprendió inglés y francés gracias a una mujer de origen trinitario que vendía dulces en la esquina de Sociedad, según contó en “Vida Privada de las Muñecas de Trapo”. En 1935 empezó a trabajar en El Universal como empaquetador, luego aprendió tipografía y corrección de pruebas.

Al morir su padre se hizo cargo de la familia, por una temporada fue guía en el Museo de Bellas Artes y luego trabajó como guía en la Oficina Nacional de Turismo en Puerto Cabello, a la par, hizo de corresponsal de El Universal y publicó sus primeros versos en el diario El Verbo Democrático. Tras publicar un artículo crítico sobre las autoridades locales, fue encarcelado y expulsado del Estado Carabobo. De hecho, contó que lo llevaron en un camión con las manos amarradas, mientras un guardia le golpeaba la cabeza con el periódico donde estaba el artículo.

El periodismo y las letras

Se formó autodidactamente. Fue un fervoroso investigador, lector y apasionado observador. Cuentan que casi a diario visitó la Biblioteca Nacional donde pasaba horas leyendo. Participó en tertulias con diferentes poetas y ensayistas, sin dejar de mirar, sentir y leer la propia realidad, y al pueblo en sus necesidades y sentires genuinos.

Pedro Beroes, quien creía que “periodista, escritor o poeta se nace”, lo invitó a participar en el grupo literario Presente, donde asistían entre otros, Héctor Poleo, César Rengifo, Oscar Guaramato, Juan Beroes, Antonio Márquez Salas, Rafael Angel Insausti, Gabriel Bracho y Héctor Mujica. También se lo llevó al diario Últimas Noticias donde inició su columna en verso “A punta de Lanza”, que firmaba como Lancero. A su vez, en El Nacional, publicó sus versos con el pseudónimo Jacinto Ven a Veinte, y su obra su “Teatro para leer” en el semanario El Morrocoy Azul.

Estuvo en Cuba donde dirigió la revista Zigzag y participó en diversos congresos y tertulias. Regresó al país y dirigió el semanario Fantoches, continuando la obra de su maestro y amigo, Leoncio Martínez. Por entonces publicó “Método práctico para aprender a leer en VII lecciones musicales con acompañamiento de Gotas de Agua”, “Aniversario del Color” y luego “El Transeúnte Sonreído”, y en 1948 obtuvo el Premio Nacional de Periodismo.

Exilio y regreso

Por apoyar las manifestaciones estudiantiles y de obreros contra la dictadura Perezjimenista, fue encarcelado y en 1956 expulsado del país. El poeta relató que fue “embarcado con las manos esposadas” y que se enteró dentro del avión que iba a La Paz, capital de Bolivia. Allí se unió al círculo de escritores de la “Peña Navia”, y publicó entre otros, El Burro Flautista. Continuó escribiendo para El Nacional bajo seudónimo.

Regresó en 1958 y se incorporó a la revista “Dominguito” de Gabriel Bracho Montiel. Junto a su hermano fundó en 1959 “Una Señora en apuros”, y al año siguiente dirigió la revista “El Fósforo”. Ambas publicaciones enfrentaron la persecución del gobierno de Betancourt. Entre 1960 y 1965 diversas obras, como: “El Ruiseñor de Catuche” y “Los Humoristas de Caracas”. Por esos años, enfrentó también encarcelamientos y acecho de la DIGEPOL.

En 1970 publicó “Humor y Amor” y trabajó en “Vida privada de las muñecas de trapo”, “Leoncio Martínez, genial e ingenioso”, y otras más, publicadas después de su lamentable fallecimiento el 25 de abril de 1976. La Academia de la Lengua de Dinamarca le concedió post-mortem el premio “Hans Cristian Andersen”.

Según Andrés Rafael Martínez, Aquiles “(…) con su verso y su prosa nos inundó la vida de belleza, nos enseñó a través de sus poemas, a mirar de una manera distinta”.

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