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Yo quiero ser como Ariel

pobreza extrema

El mundo se divide en pocos ricos y muchos pobres, y en este último hay un número grande de alienados que son ricos sin serlos, es decir, lo único que les falta para ser ricos es el dinero

Según el economista inglés Jason Hickel, el brutal índice de desigualdad ocasionado por el imperialismo es tal, que 200 personas afortunadas tienen aproximadamente 2,7 billones de dólares, es decir, 27 seguido de 11 ceros. Esta cifra es mucho mayor a lo que poseen 3 mil 500 millones de personas desafortunadas que logran sobrevivir con 2,2 billones de dólares. Mientras un afortunado posee 13 mil 500 millones de dólares, un desafortunado subsiste con 629 dólares. Entre esas 200 personas afortunadas se encuentran las 130 que pertenecen al Grupo Bilderberg, aquelarre que surge el 29 de mayo de 1954 por la preocupación que manifestaba el consejero polaco Jozéf Retinger por el antiamericanismo que causaba el Plan Marshall en Europa. Es así como un grupo de ricachones se reunió en el Hotel de Bilderberg en Oosterbeek, Holanda, con un objetivo “hacer un nudo alrededor de una línea política común entre Estados Unidos y Europa, en oposición a Rusia y al comunismo”.

Este grupo decide qué carrera debemos estudiar, qué películas vemos, qué noticia leemos, qué carro compramos, qué perfume usamos, qué hamburguesa nos atragantamos. Somos nordómanos sin quererlo. En eso nos transformaron gradualmente la escuela, la iglesia y los medios de comunicación. La historia es el resultado del modo en que los seres humanos organizan la producción social de su existencia.

El mundo se divide en pocos ricos y muchos pobres, y en este último hay un número grande de alienados que son ricos sin serlos, es decir, lo único que les falta para ser ricos es el dinero. Piensan y matarían por dinero. Prostituirse es una opción con chance al triunfo. Son desclasados. Carecen de conciencia de clase y no entienden que la lucha es de clase, con conciencia o sin ella.

El término nordomanía fue introducido por el ensayista uruguayo José Enrique Rodó (1872-1917) para describir a quienes, en el choque de culturas entre el norte y el sur de América, optaron en nuestras latitudes por subordinarse a los valores anglosajones predominantes en los Estados Unidos de Norteamérica y apoyaron sus pretensiones de hegemonía tras salir victoriosos de la guerra contra España, en 1898, cuando ésta última perdió el dominio colonial de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam. El escritor Rodó, expresó su postura a través de su obra magna “Ariel”, donde el personaje homónimo representa la espiritualidad, belleza e ideales heredados por la América Latina, mientras su oponente, Calibán, resume el utilitarismo que caracteriza al desarrollismo aplicado en el país del tío Sam.

La nordomanía conlleva la creencia de que Europa, entendiendo esta voz como un concepto ideogeohistórico, es decir, incluidas Estados Unidos y Canadá, y todas las oligarquías del mundo y las de países latinoamericanos, es cognitiva, tecnológica y socialmente más avanzada que el resto del mundo, con lo cual surge la idea de superioridad de la forma de vida occidental sobre todas las demás. Así, Europa es el modelo a imitar y la meta desarrollista es alcanzarlos. Esto se expresa en las dicotomías civilización/barbarie, desarrollado/subdesarrollado, occidental/no-occidental, primer mundo/tercer mundo, que marcaron categorialmente a buena parte de las ciencias sociales modernas que imparten nuestras universidades y que vemos en las películas de un solo país de 194 que existen.

La desigualdad, con el paso del tiempo, en diferentes países ha crecido tanto que durante el período colonial, la brecha entre los países ricos y los pobres aumentó de 3:1 a 35:1. Desde entonces, la brecha se ha elevado hasta un nivel de 80:1. Según Hickel, se trata de un obvio flujo neto de riqueza desde los lugares pobres a las zonas de lujo y opulencia: “Los gobiernos de los países ricos celebran constantemente cuánto gastan en ayudas para los países en desarrollo y las empresas multinacionales comprueban esto mediante los informes anuales, pero ninguno confiesa lo mucho que sacan de los países en desarrollo”. Y esto ocurre con la anuencia y el apoyo de los nordómanos de estos países neocolonizados.

Cuando en un país como Venezuela se gesta una revolución y hace de sus riquezas minerales su patrimonio y sus pueblos ejercen su autodeterminación y hacen de su cultura su identidad y se enraízan a libertadores, inmediatamente le inoculan “crisis humanitarias”, luego declaran a dichos países “estados forajidos” y después los invaden para arrebatarles sus riquezas. Y esto ocurre con la anuencia y el apoyo de los nordómanos de estos países neocolonizados.

La obra de José Enrique Rodó, ensayo moral sobre la oposición entre el espíritu y el materialismo utilitario, ha ejercido un gran ascendiente sobre varias generaciones de americanos, demostrando así que el poder de las ideas puede transformar la sociedad y que América es una unidad que trasciende las fronteras nacionales. Leamos nuevamente Ariel, para que nos asumamos como él o como Calibán. Decía nuestro Comandante Eterno Hugo Chávez “Se trata de leer para transformarse: para que cada hombre y mujer, a través de este nuevo proceso de formación para la lectura, se convierta en sujeto de la transformación de la realidad nacional rumbo al socialismo. Hay que leer y leer, no solo en los libros, sino en la realidad circundante. Es innegable la poderosa incidencia de la lectura en la formación de una nueva subjetividad: la que necesitamos para construir de verdad verdad nuestro socialismo”.

Entonces pues, digamos como Próspero a sus alumnos: “Invoco a Ariel como mi numen. Quisiera para mi palabra la más suave y persuasiva unción que ella haya tenido jamás. Pienso que hablar a la juventud sobre nobles y elevados motivos, cualesquiera que sean, es un género de oratoria sagrada. Pienso también que el espíritu de la juventud es un terreno generoso donde la simiente de una palabra oportuna suele rendir, en corto tiempo, los frutos de una inmortal vegetación”. De allí que cada uno de nosotros debería decir, en rechazo a la nordomanía y a la repartición inequitativa de la riqueza, “como Ariel yo quiero ser”.