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Manuel Antonio Matos: un antipatriota cooperante

Estados Unidos puso el dinero; Europa, la complicidad; Venezuela, los muertos; y la oposición, al cabecilla de una guerra civil donde otros se jugaron la vida 

Por José Gregorio Linares

No es la primera vez que unos venezolanos antipatriotas son apoyados y financiados por Estados Unidos para que derroquen un gobierno nacionalista y los ayuden a plagar la América de miserias, en nombre de la libertad. Sí, desafortunadamente en Venezuela, en las coyunturas donde se juega el destino de la Patria, han surgido los cachorros del Pentágono. Y así como han aparecido unos cuántos pitiyanquis, han emergido también los patriotas que los enfrentaron. Abramos la Historia. 

A comienzos del siglo XX el gobierno nacionalista de Cipriano Castro (1899-1908) se propuso impulsar la economía del país en el marco de un proyecto que se plantea alcanzar la soberanía nacional e impulsar la unión suramericana; por consiguiente hubo de enfrentarse a los intereses de las potencias, en especial de EEUU que pretendía avasallar a los gobiernos suramericanos y caribeños, y particularmente al gobierno de Castro que como un David insurgente desafiaba al poderoso Goliat del Norte, mediante un mayor cobro de impuestos a la New York and Bermúdez Company, empresa estadounidense que hasta ese momento se enriquecía desmedidamente, explotando el mayor lago de asfalto del mundo (El Guanoco), ubicado en el oriente del país, a cambio de unas migajas que le aportaban al fisco. 

Ante la medida de carácter nacionalista ejecutada por nuestro gobierno, el mandatario de la Casa Blanca Teodoro Roosevelt, respondió con represalias e intrigas contra el presidente Castro, al que calificó de dictador, atrabiliario e ignorante. En primer lugar financió una rebelión que se hizo llamar Libertadora (1901-1903) dirigida por los hombres pudientes de Venezuela en alianza con injerencistas extranjeros. Le dieron ese nombre para evitar suspicacias y hacer creer a los más ingenuos que se trataba de un movimiento patriota en pro del bienestar de los venezolanos. Fue una de las guerras civiles más largas y sangrientas de la Historia de Venezuela, duró tres años; en ella se invirtieron abundantes recursos para armar un ejército opositor numéricamente superior a las fuerzas armadas gubernamentales: unos dieciséis mil opositores al Gobierno contra unos seis mil soldados castristas. Los financistas de esta guerra fueron el gobierno estadounidense, sus aliados europeos y empresas multinacionales como la New York and Bermúdez Company, la Orinoco Steamship, La Compañía de Ferrocarril Alemán y la Compañía de Cable Francés. 

El líder nacional de esta guerra civil fue el banquero y capitalista Manuel Antonio Matos (1847- 1929), educado en el extranjero y uno de los individuos más acaudalados del país, quien había detentado altos cargos en todos los gobiernos anteriores. Persuadió a los representantes de EEUU y a sus socios europeos de que si le aportaban el capital adecuado y el apoyo internacional uniría a todos los opositores y derrocaría al tirano Castro. En retribución, una vez en el poder le entregaría la riqueza nacional a las compañías extranjeras que lo respaldaran; las que a su vez le compensarían a él y a sus socios, con el pago de comisiones por los favores concedidos. 

El gobierno de Estados Unidos aceptó y sus secuaces lo secundaron. Matos recibió 100 mil dólares y la aquiescencia extranjera. Parte del capital recogido fue empleado en adquirir armamentos y municiones, en la compra en Londres del Buque Ban Right, que rebautizó con el nombre de… “Libertador”, y en pagar una campaña mediática internacional contra el gobierno venezolano. A tal fin contrató al periodista francés Albert Félix Jauret, residenciado en Caracas, para que enviara notas de prensa al New York Times, el New York Herald y el Associated Press, desprestigiando al presidente Castro, a quien hacía aparecer como un déspota corrompido que desprecia a su pueblo y se opone a los principios sagrados de las naciones civilizadas. Estos fueron algunos de los titulares: “Venezuela en estado de pánico”, “Se impone la barbarie en Venezuela”, “La población totalmente indefensa”, “Se ha perdido la oportunidad para que Venezuela retorne a la democracia”.   

La Revolución Libertadora fracasó, a pesar de que en ciertos momentos logró controlar parte importante del territorio nacional. Por donde pasaban los insurrectos opositores, sus oficiales repetían los lugares comunes contra el gobierno para soliviantar a la población. Era el triste espectáculo de un ejército de venezolanos sin conciencia de Patria, dirigido por una élite adinerada, intentando imponer una república plutocrática, secuestrada por potencias foráneas. Sus contingentes fueron abatidos por las fuerzas militares del gobierno. Durante buena parte del conflicto bélico el señor Matos se mantuvo fuera de Venezuela; casi nunca se arriesgó a salir del campamento desde donde dirigía las operaciones… desde lejos. 

En los campos de batalla de nuestro país quedaron los cuerpos sin vida de miles de venezolanos de ambos bandos. Estados Unidos puso el dinero; Europa, la complicidad; Venezuela, los muertos; y la oposición, al cabecilla de una guerra civil donde otros se jugaron la vida. Finalmente Matos se refugió en Curazao y luego en París. Cuando Castro fue traicionado y depuesto por Juan Vicente Gómez, regresó a Venezuela y durante el gobierno gomecista ocupó el cargo de Ministro de Relaciones Exteriores. Desde allí ayudó a consolidar las relaciones entre Venezuela y Estados Unidos, llegando a recibir la visita oficial del Secretario de Estado, Philander C. Knox, con quien firmó acuerdos y tratados bilaterales favorables a USA. 

Manuel Antonio Matos murió en 1929 en París, en su cama, rodeado de su familia e inmensamente rico. No sabemos si fue por temor a acelerar su llegada al infierno que se negó a recibir la extremaunción.  Por cierto, en 1927 había escrito un libro de memorias titulado “Recuerdos”. En la obra no se acordó de los miles de muertos inocentes que causó la Revolución Libertadora, ni del sufrimiento de los lisiados de guerra, ni del padecimiento de los huérfanos, ni de la consternación de las viudas: esa fue su inversión. En el libro repitió su lema favorito: “El dinero no tiene Patria”. Y los hombres como él, tampoco, agregamos nosotros. 

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