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Del Congresillo de Cariaco a la autoproclamación parlamentaria 

Aquí no manda el que quiere, sino el que puede. En Venezuela todo el poder político está en manos del pueblo, que lo ejerce a través del gobierno bolivariano y la organización popular. No aceptamos la injerencia extranjera ni el coloniaje. 

Por José Gregorio Linares 

Pasando por encima de lo previsto en la Constitución, el diputado que preside la Asamblea Nacional en desacato se autoproclamó Presidente de la República. No es la primera vez que en Venezuela, desconociendo la autoridad legítima, alguien usurpa un cargo. No es la primera vez que, violando la normativa vigente, alguien se arroga una potestad sin estar legalmente facultado para ello. Tal cosa ocurrió en el pasado, en tiempos de Bolívar. Afortunadamente, la respuesta del Libertador no se hizo esperar. De inmediato, como mandatario legítimo ejerció la defensa de la ley, dejó que los conjurados se consumieran en su propia salsa y todo terminó mal para ellos. Veamos los hechos. 

En 1817 en Venezuela unos políticos descontentos que pretendían desconocer la autoridad suprema del Libertador y restablecer los principios que guiaron la Primera República (1810-1812) organizan el Congreso de Cariaco. Allí los insubordinados designan nuevas autoridades en sustitución de las legítimamente establecidas, y reeditan una versión maquillada de la obsoleta Primera República, cuyas prácticas (gobierno federal, triunvirato ejecutivo, impunidad) fueron la causa de su disolución. La reunión se produjo entre el 8 y el 9 de mayo en San José de Cariaco, provincia de Cumaná y actual estado Sucre, mientras Bolívar se encontraba en el Sur, en la provincia de Guayana, como parte de una estrategia geopolítica dirigida a darle base económica a la lucha patriota, habida cuenta de las grandes riquezas con que contaba esa región, y como preámbulo a la lucha encaminada a conquistar la independencia de la Nueva Granada (Colombia actual) para luego emprender la liberación de toda América del Sur y así desasirnos del colonialismo español. 

Los facciosos, cuyo teatro de operaciones se concentraba en el nororiente del país, pretendieron ignorar que Bolívar en persona estaba, junto a otros líderes, al frente de la Campaña de Guayana. Declararon sus “ausencias y faltas” en el territorio, y procedieron a su defenestración. Nombraron, para llenar el supuesto vacío del Poder Ejecutivo, a un triunvirato compuesto por Fernando Rodríguez del Toro, Francisco Javier Mayz y… Simón Bolívar. Pero como éste se encontraba “ausente”, sería  suplantado por uno de los sediciosos hasta que, según ordenaban, este “se dirija al lugar que se designe para la residencia del Gobierno”. Además, Bolívar es relegado de la comandancia del ejército patriota sin su consentimiento, y en su lugar es designado un subalterno suyo, Santiago Mariño, Jefe Supremo del Ejército. Se instó a Bolívar a presentarse en Margarita tan pronto como lo permitiesen “sus atenciones militares” a fin de ocupar su lugar en el Triunvirato Ejecutivo. 

En su proclama los sediciosos se plantearon, por medio del congreso, formar un gobierno que “ejercería el poder únicamente ad interim”, es decir, un gobierno de transición. Expresaron: “hacemos saber a todo el pueblo de la Confederación, invocando al Ser Supremo como testigo de la pureza y honradez de nuestras intenciones que el único y exclusivo objeto de nuestros constantes esfuerzos es mantener el goce de la paz y de la verdadera libertad”. 

Se daba así un golpe de Estado “suave” a Simón Bolívar, quien venía ejerciendo el Mando Supremo desde 1813 y en el año 1816 había sido ratificado como Jefe Supremo de la República en el pueblo de Villa del Norte de Margarita, por los máximos jefes patriotas. En el Congreso de Cariaco en consecuencia, se pretendía reducir su poder como máximo representante del Ejecutivo y como Jefe Supremo del Ejército, relegándolo a quedar a merced del nuevo comandante militar que lo suplantaba, y a ser uno más en la Presidencia entre varios con el mismo rango, y eso cuando llegara al destino indicado por los complotados. 

Todo esto fue, al parecer, un proyecto auspiciado por los imperios inglés y estadounidense, que preferían tratar con líderes anodinos y gobiernos débiles, para poder someterlos a su dominio y obtener así jugosas ganancias. En contraprestación el Congreso de Cariaco dictó un decreto que concedía una rebaja en los derechos de importación a los productos de Gran Bretaña y Estados Unidos, así como otras ventajas a los navegantes y comerciantes de estas naciones. 

A lo interno, detrás de la conspiración estaban el sacerdote José Cortés de Madariaga, uno de los más feroces enemigos del Libertador, y Santiago Mariño, militar con quien Bolívar sostuvo siempre unas tensas relaciones. En lugar de Bolívar como representante del Poder Ejecutivo, se colocaba en la Presidencia a unos señores prácticamente desconocidos, sin mérito alguno para presidir la nación y dirigir la guerra por la independencia; y al frente del ejército a un subalterno del Libertador que le disputaba la autoridad, en momentos cuando se necesitaba la mayor unión. La cosa parecía una broma de mal gusto: el Libertador en minoría, sometido a las decisiones tomadas por una mayoría circunstancial proclamada en un congreso sin base legal, formando parte de un triunvirato ejecutivo dominado por dos ignotos personajes que pronto serían olvidados por la historia. En pocas palabras: dos oscuros personajes presidentes de la República, y ¡el Libertador Simón Bolívar supeditado a sus decisiones! Dos contra Bolívar. Guaidos contra uno. 

El Libertador se percató de la ramplona maniobra que no solo lo desconocía, sino debilitaba el Estado y ponía en peligro la victoria de las armas patriotas. Declaró ilegítimos y nulos los actos aprobados por el gobierno impostor, surgido del espurio congreso, al que catalogó de “congresillo”. Demandó castigo para los conjurados y procedió a restaurar el orden. No obstante, antes de que Bolívar actuara, dicho congresillo y su falaz gobierno se disolvieron “como el casabe en caldo caliente” dijo Bolívar (6 de agosto de 1817). Insistió en que el mismo “de verdad fue efímero. Nadie lo ha atacado y se ha disuelto por sí mismo”. Agregó en forma contundente: “Aquí no manda el que quiere, sino el que puede”. 

Los conjurados de hoy debían aprender la lección: Aquí no manda el que quiere, sino el que puede. En Venezuela todo el poder político está en manos del pueblo, que lo ejerce a través del gobierno bolivariano y la organización popular. No aceptamos la injerencia extranjera ni el coloniaje. Toda la fuerza moral reside en el pueblo, que eligió libremente un Presidente Constitucional y no está dispuesto a dejarse arrebatar sus conquistas por una minoría al margen de la ley que pretende asaltar el poder. El Presidente libremente electo en comicios nacionales es el Comandante en Jefe de la Fuerza Armada. Cualquier otra decisión es usurpación de cargos. Por tanto, todo el peso de la ley debe caer sobre los embaucadores y sus aliados, así estos invoquen “al Ser Supremo como testigo de la pureza y honradez de nuestras intenciones”, y afirmen que “el único y exclusivo objeto de nuestros constantes esfuerzos es mantener el goce de la paz y de la verdadera libertad”. ¡Impostores!