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Sitiar una plaza: Cartagena 1815, Venezuela 2019

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Por José Gregorio Linares

En términos militares “sitiar una plaza” significa poner cerco a una fortaleza, una ciudad o una nación para apoderarse de ella, someter a su población y apropiarse de sus riquezas. Es una táctica de guerra cuyo propósito es doblegar y rendir al enemigo mediante la aplicación de una ofensiva dividida en tres fases que se desarrollan en forma consecutiva: 1) bloqueo, 2) asedio y 3) ataque final.

1) El bloqueo busca evitar que la población sitiada reciba agua y alimentos; medicina y atención médica; luz, electricidad o gas; armas, municiones y tropas; vestido, abrigo y calzado; dinero y mercancías, información favorable o recreación, suministros y en general ayuda de cualquier tipo. Su objetivo es debilitar y desmoralizar a la población para que ante las carencias extremas y los sufrimientos indecibles a que es sometida (hambre, sed, enfermedades, plagas, pillaje, falta de servicios, saqueos) se entregue abatida, sin defenderse.

2) Luego viene el asedio. Consiste en hostigar y amedrentar sistemáticamente a los sitiados, en primer término, mediante el fuego contra todo aquel que intente romper el cerco para escapar o buscar ayuda; en segundo lugar, por medio de la propagación de epidemias entre los pobladores; y  en tercer lugar, por medio de una propaganda ininterrumpida dirigida a desacreditar a los líderes del pueblo asediado y la causa que enarbolan. El propósito es convencer a los sitiados acerca de la superioridad militar, ética y política de los sitiadores; inducir la deserción y la traición, de modo que los indecisos se pasen al bando enemigo, boicoteen las defensas, saboteen los servicios o delaten.

3) Finalmente viene la estocada final, el ataque o asalto. Consiste en ejecutar una arremetida militar violenta, fulminante y contundente para acabar definitivamente con el adversario, al que se extermina sin escrúpulos, y al que antes y después se le sataniza empleando en su contra toda clase de descalificaciones, y se le responsabiliza de todo lo ocurrido.

Entre los “sitios” más emblemáticos en la historia de Suramérica está el de Cartagena de Indias, ocurrido entre agosto y diciembre de 1815 (105 días). Fue la agresiva respuesta del imperio español contra los cartageneros, quienes crearon el “Estado Libre de Cartagena” (1811-1815), entidad que se declaró libre de España y que formaba parte de una república soberana llamada “Provincias Unidas de la Nueva Granada” (hoy Colombia) que nació en noviembre de 1811 y desapareció en junio de 1816 bajo las botas de los invasores al servicio de España.

El sitio de Cartagena de Indias fue planificado y ejecutado por Pablo Morillo y su lugarteniente Francisco Tomás Morales, que contaron con un enorme ejército invasor de más de 10.000 hombres y una flota de cincuenta y nueve barcos, con los que realizaron un inclemente asedio terrestre y naval. Los efectos del sitio fueron devastadores. En Cartagena de Indias que era una próspera ciudad amurallada de cerca de 19.000 habitantes murió una tercera parte, víctima del hambre, la sed y las epidemias: “diariamente morían en promedio trescientas personas y las que quedaban se alimentaban de ratas, cueros y sabandija”, cuentan los cronistas. En la ciudad se apiñaban “montones de cadáveres insepultos, hombres moribundos, esqueletos de mujeres y niños ambulantes”. Cuando los ocupantes tomaron la ciudad impusieron un Régimen del Terror: los patriotas, sin distingos de edad, sexo, oficio o clase social fueron pasados por las armas; sus bienes, confiscados; y sus familias, perseguidas.

Para la época del sitio, en Cartagena de Indias vivían muchos venezolanos que encontraron asilo en ella a raíz de la caída de la primera y la segunda repúblicas. Allí se encontraban, entre otros: Antonio José de Sucre, José Francisco Bermúdez, Pedro Gual, Carlos Soublette, Bartolomé Salom, Mariano Montilla. Abnegada y heroica fue la participación de nuestros compatriotas en la defensa del “Estado Libre de Cartagena”. Hicieron el máximo sacrificio por defender la ciudad, las propiedades y la vida de sus hermanos. Así lo reconocieron los cartageneros, y ello consta en la historia. De hecho, cuando el neogranadino Manuel Castillo y Rada, comandante responsable de la defensa de Cartagena, es acusado por sus conciudadanos de querer entregar la plaza a los españoles y es depuesto y encarcelado (octubre); en su lugar es nombrado el venezolano José Francisco Bermúdez. Las reseñas históricas recogen esta información: “Los puntos fuertes de la defensa de Cartagena, para impedir la entrada del enemigo por tierra, fueron El Cerro de La Popa, donde El Mariscal Sucre estaba al mando con otro venezolano, Piñango”.

Cuando los sitiados se convencen de que los enemigos preparan el asalto final, y ya no cuentan con pertrechos y con suficientes fuerzas para enfrentarlos, deciden abandonar la defensa, burlar la vigilancia de la escuadra española, organizar la retirada y escapar por mar. Posteriormente, tras incontables contratiempos, llegan a Haití donde reciben la generosa protección de Alejandro Petión.

Finalmente los sitiadores procedieron a asaltar la ciudad y sometieron cruelmente a una población indefensa. Luego se apoderaron del resto de las “Provincias Unidas de la Nueva Granada”, hoy Colombia. Cartagena quedó en manos de los invasores al servicio del imperio español desde el 6 de diciembre de 1815 hasta el 10 de octubre de 1821, día en el que el último gobernador español fue derrotado por un ejército patriota integrado por colombianos y venezolanos al mando del general caraqueño Mariano Montilla.

De modo que si algún pueblo de Suramérica sabe de los sufrimientos que implica ser sitiado por un imperio, ese pueblo es el colombiano, porque en Cartagena de Indias se ejecutó uno de los sitios más cruentos de que se tenga memoria en la historia militar de Suramérica. Por eso en nuestro país no nos explicamos cómo Colombia (su Estado, su oligarquía y un sector manipulado de la población) coadyuva y se hace cómplice en la ejecución de un criminal sitio contra Venezuela por parte del imperio estadounidense y sus secuaces. Especialmente cuando se trata de Venezuela, el país solidario que siempre le ha auxiliado y cuyos héroes, (nuestros predecesores Bermúdez, Sucre, Gual, Soublette, Salom, Montilla) dieron tantas pruebas de solidaridad, especialmente en 1815 cuando les ayudaron a enfrentar el bloqueo, el asedio y el ataque imperial.

Y esto fue apenas lo que hicimos por Colombia y los colombianos en 1815, antes de que en 1819 en la Batalla de Pantano de Vargas (25 de julio) y en la Batalla de Boyacá (7 de agosto) los venezolanos le devolviéramos nuevamente la Patria que perdieron en 1816 a consecuencia de la invasión de Pablo Morillo. Pero esa es otra historia de fraternidad de los venezolanos que el gobierno, la oligarquía, las fuerzas armadas y las universidades colombianas no quieren que les recordemos. Una historia que nos une entrañablemente al genuino pueblo colombiano, agradecido e insurgente, víctima de la violencia que hoy mantiene a su país… en Estado de Sitio.

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