Análisis Opinión

Entender la Desastrofilia

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Escrito por Ivan Mc Gregor

Por Robert Galbán

¿Qué pasa en la mente de una persona dedicada a negativizar todo su entorno, que marchita los procesos, que decreta el fracaso de iniciativas nacientes, que prejuzga desde el rencor, que decreta finales infelices y genera “MalaVibra” allí donde hay apuestas por avanzar y superar las crisis?. ¿Por qué se empeñan en esa cruzada por oscurecer, aún más, los cielos tormentosos que nos esforzamos en despejar?, ¿Por qué son tan tóxicos?

¿Existe alguna forma de explicar la actitud y la praxis de esos militantes que, en nombre de una revolución químicamente pura -tan perfecta como inexistente- pasan su vida esforzándose en arrastrar a los demás hacia sus mundos de impotencia?, ¿Por qué se escudan tras una crítica desprovista de sentido crítico e intoxicada de resentimiento, necesidad de atención y carencias afectivas?.

Para el marxismo clásico, ejercitar la crítica implica el despliegue de un “análisis concreto de una realidad concreta”, basado en el estudio de las condiciones objetivas y subjetivas de una coyuntura determinada; pero hay quienes se convencen de que llenar una conversa con quejas y mala vibra, o postear un chillido en las RRSS, implica un ejercicio de crítica profunda y radical. Llevados por su deseo de atención, existen sujetos que confunden sus delirios catastrofistas con el sentido crítico que tanto necesita nuestro proceso revolucionario y que debe ser un ejercicio obligado en cada militante de las luchas proletarias.

Intento explicar todo ello proponiendo el concepto de Desastrofilia; empujado por intuiciones parafísicas más que por pretensiones académicas y usando algunas herramientas del estoicismo racionalista y de la escuela psicosocial. Con esta palabra se quiere enunciar esa tendencia fetichista de desastrizar la realidad y las pocas cosas buenas que suceden en nuestra patria, tan querida como escoñetada. Entendiendo por desatrización la tendencia, inconsciente o no, a percibir sólo la dimensión más atróz de la realidad y la incapacidad óntica de vislumbrar las posibilidades afirmativas de los fenómenos políticos que involucren la acción revolucionaria.

La Desastrofilia se compone etimológicamente de dos términos; en primer lugar tenemos el concepto desastre como expresión de un suceso que produce destrucción y trastorna seriamente el funcionamiento de una sociedad, desbordando la capacidad de respuesta del colectivo humano afectado. Por otro lado, y ya en el ámbito de la psicología, se entiende que la filia es un término que proviene del griego y que se traduce como amor, apego, o atracción intensa hacia situaciones o elementos determinados, que pueden (o no) tender hacia dimensiones de orden sexual.

En ese sentido, el concepto Desastrofilia se presenta como una dinámica que provoca la excitación sexual del sujeto que la experimenta, a partir de la conversión imaginaria de todo lo real en un escenario de desastre. El desastrófilo experimenta un placer hedonista al reducir su entorno a un escenario de desastre.

En el cuento del Rey Midas, el personaje principal convertía en oro todo aquello que tocaba y aunque al principio celebró esa capacidad, al final de la historia Midas experimenta mucho sufrimiento y logra entender la lógica del castigo que se le impuso. El desastrófilo comparte con Midas ese don, pero lo despliega de manera distinta ya que todo lo que él toca, todo aquello que percibe, logra convertirlo en atrocidad, en hecatombe, en horribilidad y con ello experimenta un goce erótico, un placer sexual que se potencia cuando logra propagar esa perversión en la totalidad de su entorno inmediato.

La Desastrización es una derivación del platonismo y por ello es un modo expresivo del pensamiento pequeñoburgués, en él se entretejen decepciones, desesperanza y resentimiento, producto de un idealismo afectado por los embates de una realidad caótica, e imperfecta. A falta de formación ideológica para comprender los posible escenarios que plantean la lucha de clases y el combate antimperialista, el pensamiento desastrizado, sufre una atrofia en la capacidad de sentir optimismo; por ello ataca cualquier estrategia de avance revolucionario y celebra cada error, cada imperfección, cada tropiezo en el desenvolvimiento político del chávismo.

Como en toda parafilia, el desastrofilo puede estar vivenciando una situación que “Grosso Modo” no conlleva ningún malestar para sí y hasta pudiera resultar inofensiva para el conjunto de sus relaciones. Pero hay condiciones sociales, determinaciones geopolíticas y estrategias de clase que conllevan al devenir enfermizo de esta subjetivación; quienes conocen los mecanismo de manipulación propios de la propaganda y quienes han profundizado en el metabolismo de las operaciones psicológicas, saben activar y neutralizar las pulsiones que hacen del desastrófilo una ficha que estorba en cualquier tablero político.

En su proceso de desastrizar el mundo, el desastrófilo buscará “abrirte los ojos” para hacerte ver que nada sirve, que todo lo que nos rodea es un valle de decepción, que no es posible una revolución en medio de la crisis que vivimos; que ya todo esta perdido, que nada de esto era lo que se había soñado y que esta parranda de coñosdemadre le robaron su juventud y las utopías que tanto le había costado imaginar. Pero, como dijimos, el desastrófilo es un platónico castrado en lo emocional y vamos a ver por qué.

Hay una frase que, extraída de la obra de Jorge Luis Borges, puede explicar lo expuesto hasta ahora, y dice; “La noche no está triste, la tristeza está en tus ojos”. Con ella se quiere mostrar que esa necesidad de percibir solo el lado monstruoso de la realidad, habla mas de las condiciones ontológicas del sujeto que la describe, que de la realidad descrita. Quizás, con todas la fallas y los errores cometidos, el desastre no sea el proceso, ni la revolución, ni la Real Politik, quizás el desastre es él; el desastrófilo y sus modos de entrompar la crisis, él y la forma en que se preparó para la resistencia, él y sus carencias ideológicas, él y las trampas de su propio ego.

Como recurso argumentativo, usaremos algunos planteamientos del maestro Baruch Spinoza y avanzaremos en función de ellas, ya que en su obra fundamental “Ética, Demostrada según el orden geométrico” El Padre de la Democracia Radical nos plantea: “La belleza no es tanto una cualidad del objeto que se percibe, cuanto un afecto en quien lo percibe”, de allí que “Nosotros no intentamos, queremos, apetecemos, ni deseamos algo porque lo juzguemos bueno sino que, al contrario, juzgamos que algo es bueno porque lo intentamos, queremos apetecemos, deseamos”.

Se entiende así que las cosas no nos gustan porque sean bellas, sino todo lo contrario, las cosas comienzan a ser bellas desde el momento en que empiezan a gustarnos. Entonces, la belleza no es un atributo de la cosa percibida sino que es un estado espiritual del sujeto que la percibe; lo mismo sucede con la tristeza y con su devenir estético; la fealdad. Por eso se dice que la armonía y el desastre, lo bello y lo feo, dependen del cristal con que se miren; ya que cada quien percibe el mundo según los criterios ónticos que tejan su propia subjetividad.


En Spinoza la tristeza no es un estado del ser, no es una situación estática; sino un devenir, para él “La tristeza es un transito desde una perfección mayor hacia una perfección menor”; es decir, una disminución en la potencia del ser, del existir. La tristeza te resta, te amputa, te castra la posibilidad de percibir, de asumir y de aprehender la realidad tal y como ella es. Un desastrófilo hará corto circuito el día que asuma que toda realidad es perfecta.

Si eres realista, en medio de una crisis tan cruel y tan intensa como la que nos determina, percibirás opciones para el despliegue de tu potencia, oportunidades estratégicas para tus combates y nuevas condiciones para tus alianzas; pero si eres desastrófilo, verás limitaciones, impotencia, maldad, verás un mundo corrupto y ruin; recuerda que “la tristeza está en tus ojos” no en la noche; al igual que la realidad.

Así, se comprende la existencia de seres que insisten en arrastrar al mundo hacia esos paisajes tristes, hacia esa imperfección que les determina; gente que sabotea la apuesta de quienes transitan hacia una perfección mayor, seres que viven para propagar sus visiones desastrosas del mundo y en ese ejercicio buscan su satisfacción erótica. Entonces, el desastrofilo es un agente propagador de la tristeza, un entristecedor de la noche, un mochador de revoluciones.

El desastrofilo es un ser completamente inútil cuando el momento histórico exige apelar a lo mejor de cada una de nosotras, porque ningún futuro brillante se construye con tristezas, ninguna esperanza nace de la impotencia. Recordemos al Comandante Argimiro cuando nos habla de nuestra apuesta por la alegría y la vida y de nuestro combate contra la tristeza y la muerte, recordemos también a Julius Fucík cuando nos interpela clamando para “que la tristeza jamas sea unida a nuestros nombres”.

Una intuición patafísica me lleva a sostener que, en la constitución de la subjetividad desastrofila, también existe una dimensión bioquímica que pudiera dar luces sobre esta parafillia.
Como sabemos, el cerebro esta compuesto por neuronas; esas neuronas tienen ramificaciones que le permiten conectarse con otras neuronas para formar, en esa constante conectadera, una red neuronal. En cada uno de los puntos de conexión, anida un pensamiento, o un recuerdo, entonces cada idea, cada sentimiento y cada pensamiento están interconectados en esa red neuronal y a través de ella pueden relacionarse entre sí, de infinitas maneras. Entonces, las células nerviosas que se activan simultáneamente se mantienen interconectadas, esto implica que si haces algo repetidas veces esas células construyen una relación estable, fuerte y prolongada.

Así, si todos los días estás quejándote, si todos los días estas de mal humor, si tus horas transcurren en una constante mala vibra, en una constante frustración, si tu vida es una cotidiana victimización de tu ser; entonces todos los días estarás reconectando y fortaleciendo tu red neuronal con esas energías, que reconectan con esos recuerdos, con esas sensaciones y esas conexiones son las que dan forma a la identidad de eso que llamas Yo.

Por otro lado; las redes neuronales que no se activan simultáneamente, que no se conectan y que no intervienen en el proceso, dejan de tener una relación inmediata entre sí, perdiendo la posibilidad de participar en la sinapsis y de generar neuropeptidos en la zona del hipotálamo. El hipotálamo es una lugar en el que se crean las sustancias químicas que se corresponden con las emociones que experimentamos, a esas sustancias las llaman peptidos que a su vez son cadenas microscópicas de aminoácidos. Así, en el hipotálamo se generan sustancias químicas para la alegría y otras para producir la tristeza, el odio, la ternura, el miedo, la lujuria, la esperanza.

Entonces, las emociones son productos de procesos químicos; por eso (al igual que sucede con el alcohol, la heroína, o el valium) el ser humano puede engancharse a ciertas emociones del mismo modo en que lo hace con cualquier droga expedida en la farmacia. Las emociones no son malas en sí, el problema es la adicción y la influencia de esa adicción en la acción militante.

Volviendo al punto; los desastrófilos están imposibilitados de ver la realidad como un todo integrado y caótico porque la perciben desde el enganche que tienen con ese momento que les generó decepción y dolor, ellos no se permiten interactuar de otro modo porque ya son adictos a las sustancias químicas que generan tristeza. Si los receptores reciben un bombardeo intenso de malas energías, de ira, o de malhumor por largos periodos de tiempo y con mucha intensidad, el cuerpo tenderá a enfermarse, dañando también el conjunto de relaciones sociales que lo contienen.

Claro que es posible romper con esa adicción a las pasiones tristes, del mismo modo en que es posible salir de cualquier vicio. Relacionándonos distinto, regenerando formas de conexión sanas en nuestra red neuronal a partir de procesos sinapticos basados en la alegría, en la solidaridad, en la critica constructiva, en la búsqueda creativa de salidas a una crisis que a todos nos involucra de la misma manera.

Por eso, un desastrofilo no puede decir que esta haciendo un análisis crítico de nada, él solo muestra sus expectativas de exteriorizar la adicción a las emociones que le someten bioquimicamente; el desastrófilo es un adicto a las pasiones tristes y no puede entablar una relación sin esperar un desenlace decepcionante, porque es adicto a ese tipo de afectos.

Al desastrófilo le toca corregir la trayectoria de su barco y comenzar a vibrar distinto, a militar en la alegría, a participar en la solidaridad, en el amor colectivo, en la sororidad y en la critica propositiva. Le toca la estimulación de otras zonas del cerebro, conectando sus neuronas a otros modos de comprender y de explicar lo real. Entonces hay un entrenamiento cuántico que debe aplicar para que la tristeza no comande sus acciones, para que el pesimismo, la malavibra y el nubenegrismo no sean las fuerzas que determinen su accionar como militante.

Robert Galbán
Sociólogo