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Democracia. ¿Cuál democracia?

Sergio Rodríguez Gelfenstein

A veces, da la impresión de que en ciertos sectores se asume la defensa de la democracia representativa como si esta fuera un inmaculado sistema de protección de los derechos de las mayorías. Se llega incluso a la sacralización de sus postulados en el mismo momento que la burguesía que la creó, la torpedea para hacerla inviable cuando sus afanes de lucro y poder se ven afectados por la crisis del capitalismo que la pandemia de Covid-19 ha puesto en evidencia.

En ocasiones olvidamos que los sectores conservadores la han destruido recurriendo a las dictaduras y a formas de imposición autoritaria cuando su poder está en juego o se ha debilitado. Nadie cuestiona que el presidente Roosevelt haya sido reelegido tres veces cuando Estados Unidos pasaba por la crisis económica iniciada en el año 1929, seguida por el estallido de la segunda guerra mundial. Ahí se les olvidó el “discursito” de la alternancia.

Ni que hablar de la separación de poderes, cuando es ostensible que los poderes judiciales o legislativos actúan a instancias del ejecutivo. Si no, vean lo que pasa en Chile, Colombia o Brasil.

Tampoco vale eso de que “la democracia es el gobierno de la mayoría”, puede ser de la minoría como en Estados Unidos donde el actual presidente obtuvo 3 millones menos de votos que su contendiente en las últimas elecciones.

Por si eso fuera poco, la utilización de la supuesta democracia para avasallar las Constituciones de los países, amparados en la fuerza y el poder se va haciendo normal siguiendo el “ejemplo que Washington dio”. En la Cumbre virtual de la Internacional Progresista, realizada de forma virtual en septiembre pasado Noam Chomsky afirmó que el mundo está bajo amenaza de una guerra nuclear, una catástrofe medioambiental y el deterioro de la democracia, asegurando que esta última es la única que podría dar una esperanza para escapar de las dos amenazas de extinción, pero se necesita que sea una “democracia vibrante en la que ciudadanos preocupados e informados participen plenamente en la deliberación, la formación de políticas y la acción directa”.

Es decir la democracia además de representativa, debe ser participativa, consultiva y garantizar el protagonismo popular, lo cual en Venezuela tiene valor constitucional. De no ser así no cumple su objetivo y no debemos defenderla, sino cuestionarla, transformarla y fortalecerla hasta que responda realmente a la definición intrínseca que conlleva: gobierno del pueblo.

Durante siglos nos vendieron que la democracia era sinónimo de elecciones. Cuando aprendimos a ganar, entonces dijeron que eran fraudulentas, recurrieron a llevar a prisión a los candidatos o a impedirles participar, hasta llegar al absurdo de sabotearlas como en el caso de Venezuela. La OEA, cuyas siglas podrían entenderse como (Organizando Elecciones Amañadas) fue la artífice del golpe de Estado en Bolivia, de la imposición del narcotraficante Juan Orlando Hernández en Honduras, del intento de desconocer los resultados de Guyana y de la confirmación del alevoso fraude que permitió mantener al uribismo controlando los destinos de Colombia.

Pero ahora, cuando se comete todo tipo de aberraciones “democráticas” en Estados Unidos, los defensores a ultranza de este sistema guardan cómplice silencio. En reciente artículo, el periodista italiano Roberto Savio ha dicho que: ”El sistema electoral americano es poco conocido, pero desastroso. También es el más antidemocrático que podamos imaginar”. ¿Dónde están Almagro, Bachelet y el grupo de Lima para investigar la veracidad de esta afirmación de tan prestigiado comunicador social?