El espacio aéreo venezolano se ha convertido en el nuevo tablero geopolítico donde se enfrentan la estrategia de «máxima presión» de Estados Unidos y la reafirmación de soberanía del gobierno del presidente Nicolás Maduro. Lo que comenzó como un comunicado técnico de una “potencia extranjera” desencadenó una sucesión de hechos que ha culminado con un ultimátum del Ejecutivo Nacional: las aerolíneas internacionales operan o pierden sus rutas.
La chispa que encendió la mecha fue el anuncio de ejercicios militares conjuntos entre Estados Unidos y Trinidad y Tobago. Aunque realizados en aguas internacionales, su proximidad a las costas venezolanas se reconoce como una «provocación» y una amenaza potencial.
Inmediatamente después, la Administración de Seguridad en el Transporte de los Estados Unidos (TSA, por sus siglas en inglés) emitió un inusual comunicado. En él, alertaba «a todas las aeronaves de transporte aéreo comercial» que operan en Venezuela sobre los «riesgos de seguridad e impredecibilidad» en el espacio aéreo del país, instándoles a «ejercer extrema precaución» o, directamente, a suspender sus operaciones. Para el gobierno estadounidense, se trataba de una medida de precaución. Para Venezuela, es un acto de «sabotaje económico y psicológico«.
El efecto del comunicado de la TSA fue inmediato y creó una fractura en el panorama de la aviación regional. Aerolíneas con fuerte dependencia del mercado estadounidense o con sedes en países alineados con Washington actuaron con celeridad.
Air Europa, Copa Airlines, Air France, KLM y Latam, fueron algunas de las primeras en anunciar la suspensión temporal de sus vuelos hacia y desde Venezuela. Justificaron su decisión en «evaluación de riesgos» y «la seguridad de los pasajeros y la tripulación«, citando directamente la advertencia de la TSA.
Sin embargo, esta no fue la postura unánime. Otras aerolíneas internacionales, entre las que destacan Turksih Airlines, Emirates, Conviasa, TAP Air Portugal y Avianca (esta última tras un análisis interno), continuaron con sus operaciones con normalidad. Esta división evidenció que la advertencia estadounidense no era considerada un riesgo operativo universal, sino una directriz geopolítica que algunas compañías decidieron seguir y otras no.
Ante lo que el gobierno venezolano percibió como un intento de aislar al país y estrangular su conectividad aérea, la respuesta fue contundente. A través del ministro de Transporte, Ramón Velásquez Araguayán, el Ejecutivo nacional envió un ultimátum.
El ministro Velásquez declaró que se había iniciado un «proceso de revisión de los permisos» de las aerolíneas que suspendieron sus operaciones. «O vuelan o se van del país«, fue la frase que resumió la postura oficial. El Gobierno Nacional argumentó que estas compañías, al acatar una directriz extranjera sin una justificación técnica real por parte del Instituto Nacional de Aeronáutica Civil (INAC), estaban incumpliendo sus acuerdos bilaterales y los términos de sus permisos de operación.
«Venezuela es un país soberano y su espacio aéreo está perfectamente custodiado y controlado. No aceptamos que una potencia extranjera dicte quién puede o no volar en nuestro territorio«, afirmó el Ministro, subrayando que las aerolíneas que sí continúan operando son la prueba fehaciente de la normalidad en los cielos venezolanos.
El conflicto trasciende la logística aérea. Para Washington, es otro frente de presión sobre el gobierno del presidente Maduro. Para Venezuela, es una batalla por la autodeterminación. Por ahora, el cielo venezolano es testigo de un pulso donde la geopolítica se disputa, pero con la plena convicción de que será la soberanía nacional la que gane la batalla.












