El presidente de EE.UU. dirige, desde su campo de golf, una masterclass en injerencia electoral grosera, resultando tan sutil como un elefante en una cristalería.
En lo que podría titularse el último capítulo de su gira mundial «Cómo Destruir Normas Internacionales», el presidente Donald Trump ha ofrecido una monumental lección de hipocresía y manipulación política dirigiendo, con la delicadeza de un martillo neumático, el proceso electoral de Honduras. Su receta es infalible: mezcle un indulto a un expresidente condenado por narcotráfico, añada un respaldo extemporáneo a su candidato favorito, espolvoree acusaciones de «comunismo» contra la oposición y sirva con una guarnición de insinuaciones de fraude electoral sin pruebas. ¡Voilà! Democracia a la Trump.
El modus operandi es tan transparente como cínico. Primero, el gesto «humanitario»: indultar a Juan Orlando Hernández, expresidente hondureño condenado precisamente por conspirar para «plagar Estados Unidos de cocaína». Un acto de «clemencia» que, casualidad de casualidades, beneficia políticamente al partido del candidato al que Trump decide apadrinar días después, Nasry Asfura. Una movida que deja sin aliento a cualquiera con un mínimo sentido de la decencia: recompensar a un narco-convicto para enviar un mensaje político. La «guerra contra las drogas», al parecer, tiene excepciones geopolíticas muy convenientes.
Luego, la «orientación al votante»: Trump, en su rol autoasignado de elector supremo de Honduras, lanza desde sus redes sociales un apoyo explícito a Asfura y tilda a sus rivales de «comunistas», amenazando veladamente con consecuencias si ganan. El efecto, según relatan desde el terreno, fue inmediato y perturbadoramente efectivo. Votantes como el señor Cerrato López, quien planeaba votar por la oposición de derecha para cambiar al gobierno, sintieron el latigazo y cambiaron su voto por miedo a que Trump «empeorara las cosas». La soberanía del votante hondureño, secuestrada por un tuit desde Palm Beach.
El resultado es un país sumido en una tormenta perfecta: un recuento lento y plagado de inconsistencias en más de 2400 actas (suficientes para voltear el resultado), acusaciones de fraude por todos los bandos, y la sombra alargada de unas elecciones de 2017 marcadas por el fraude y la represión. La Organización de Estados Americanos pide claridad, pero el daño ya está hecho. La semilla de la ilegitimidad, regada con profusión desde el norte, ha germinado.
Trump no ha «inclinado potencialmente la balanza». La ha arrojado al suelo y la ha pisoteado. Ha demostrado, una vez más, que para él las democracias soberanas son meros tableros de ajedrez, sus instituciones electorales, obstáculos molestos, y los líderes convictos por narcotráfico, peones útiles. El mensaje es claro: las reglas, las condenas judiciales y la voluntad popular solo importan cuando coinciden con sus intereses.
Mientras Honduras espera un resultado creíble en medio de este caos fabricado, el mundo asiste atónito a la parodia. No es injerencia. Es un espectáculo de fuerza bruta política que huele a naftalina de la Guerra Fría y a puro cinismo. Un manual de lo que no debe ser la diplomacia.










