En una nueva exhibición de su peculiar método de gobierno —que combina la ignorancia voluntaria con la lealtad a dedo—, el presidente Donald Trump admitió que sabía «muy poco» sobre el expresidente hondureño Juan Orlando Hernández, a quien, sin embargo, no dudó en indultar, borrando de un plumazo una condena de 45 años por narcotráfico.
La lógica, como es habitual en el magnate, fue un monumento a la inconsistencia. En una entrevista con Político, Trump confesó que su conocimiento sobre el caso se limitaba a una teoría conspirativa de bajo costo: según él, la extradición y juicio de Hernández en 2022 fueron simplemente «una trampa al estilo Obama-Biden». Es decir, para Trump, un proceso judicial con cientos de pruebas y testimonios fue, en el fondo, un teatro montado por sus archienemigos políticos. Nada nuevo bajo el sol: si algo le desagrada, es un «engaño»; si le conviene, es un «gran trato».
Con una perspicacia jurídica digna de un meme, intentó justificar la condena original con un razonamiento que dejó en pañales a la criminología: «Era el presidente del país. El país trafica con drogas, como probablemente se podría decir de todos los países, y como era presidente, le dieron unos 45 años». Una ecuación perfecta: presidente + país = culpable por geografía. Bajo ese criterio, medio mundo debería estar tras las rejas, empezando por ciertos líderes que firman indultos a narcos sin preguntar.
Pero aquí llega la guinda del pastel: a pesar de admitir que sabía «muy poco» —un detalle que para cualquier otro sería un freno de emergencia—, Trump procedió a indultarlo porque «mucha gente buena luchando por Honduras» se lo pidió. Otra vez la brújula moral que apunta al favoritismo: si alguien de su círculo o con la conexión adecuada lo solicita, la justicia, las pruebas y los 45 años de condena se evaporan como un contrato en una de sus antiguas empresas.
La justificación final fue un monumento a la arbitrariedad digno de un sátrapa de opereta: «Me pidieron que lo hiciera y dije que lo haría». Sin preguntas, sin revisar el caso, sin considerar el mensaje que envía al mundo: que en su administración, la justicia no era ciega, sino que hacía guiños a los amigos.
La ironía, por supuesto, es abismal. Mientras Trump liberaba a un condenado por traficar toneladas de cocaína hacia EE.UU., su administración desplegaba operativos militares en el Caribe y el Pacífico supuestamente para «combatir el narcotráfico». Parece que la guerra contra las drogas tiene excepciones: si eres un expresidente aliado con amigos influyentes, no sólo te perdonan la cadena perpetua, sino que te convierten en un ejemplo de… ¿de qué, exactamente? ¿De la «flexibilidad ética» trumpiana?
Una lección más del manual del líder fuerte: cuando no sabes, improvisas; cuando no te conviene, acusas a Obama; y cuando un amigo pide un favor, la justicia universal puede esperar. O, mejor dicho, puede irse por el desagüe junto con la credibilidad.










