Por: Ángel González
La historia de los pueblos se escribe con sangre, dignidad, memoria y honor. Venezuela, tierra que ha visto nacer a gigantes libertadores nunca antes vistos en la historia de la humanidad, ha sido siempre faro de resistencia frente a los embates de imperios que pretenden someter su voluntad. En este contexto, la incursión militar del imperio norteamericano, revestida de arrogancia y desprecio por la autodeterminación de los pueblos, constituye una afrenta directa contra la soberanía nacional y contra la paz que nuestro pueblo ha jurado defender.
Desde mi perspectiva como soldado venezolano, formado en la Armada Nacional, bajo una doctrina bolivariana humanista que defiende la verdad del siglo XXI y en el espíritu de independencia que nos legaron Bolívar, Mariño, Miranda, y Sucre; la agresión no es solo un ataque físico: es un intento de quebrar la dignidad de la nación, de arrebatarle su derecho a decidir su destino. El secuestro del presidente constitucional y comandante en jefe la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, Nicolás Maduro Moros y de su esposa, la ciudadana Cilia Flores, representa en este relato simbólico la intención de despojar al pueblo de su liderazgo legítimo, de arrancar de raíz la voz que encarna la continuidad institucional y la defensa de la paz.
Pero la patria no se rinde. La patria no se doblega. Ante la amenaza externa, el militar venezolano se yergue como centinela de la soberanía, consciente de que su deber no es solo proteger fronteras, sino también salvaguardar la dignidad de cada ciudadano. La defensa de la paz con soberanía es más que un lema: es un compromiso vital, un juramento que se renueva cada día en los cuarteles, en las academias y en los campos de entrenamiento.
El Honor Militar y la Paz con Soberanía
El soldado venezolano sabe que la guerra no es un fin en sí mismo, sino la última respuesta ante la agresión. Por ello, la defensa de la paz con dignidad se convierte en la esencia de su misión. No se trata de buscar la confrontación, sino de impedir que la violencia imperial destruya la armonía de nuestro pueblo. La incursión extranjera, disfrazada de “operación de liberación”, no es más que un acto de secuestro y sometimiento, contrario a todo principio de derecho internacional y respeto entre naciones.
En el corazón del militar late la convicción de que la soberanía no se negocia. Cada paso que él da, cada orden que recibe, está impregnada de la certeza de que la patria es un bien supremo. La defensa de los símbolos, de la bandera, del himno y del pueblo mismo, es inseparable de la defensa de sus líderes legítimos. Así, el secuestro del presidente y de su esposa no es solo un ultraje personal: es un ataque contra la institucionalidad, contra la voluntad popular y contra la memoria de nuestros libertadores.
La respuesta del soldado venezolano es clara: resistir con honor, caracterizado con los tres pilares fundamentales que caracterizan a un militar, la disciplina, la obediencia y la subordinación para mantener la moral en alto y el nivel de apresto operacional. La paz con soberanía no se mendiga, se conquista con firmeza y se preserva con sacrificio. El imperio podrá desplegar su maquinaria bélica, pero jamás podrá quebrar la voluntad de un pueblo que por más de 200 años ha decidido ser libre.
En este relato, me describo como un militante venezolano que no habla desde el odio, sino desde la convicción ética de que la defensa de la patria es inseparable de la defensa de la humanidad. La paz con dignidad es la victoria más alta, porque no se funda en la sumisión, sino en la justicia. Y mientras exista un soldado dispuesto a levantar su fusil en nombre de la libertad, Venezuela seguirá siendo tierra de soberanía, dignidad y esperanza.
¡CON DIOS Y PARA LA PATRIA!












