Caracas, 6 de enero de 2026.
Había una emoción palpable ayer entre los curules de la Asamblea Nacional venezolana. No era solo el peso de las víctimas —más de cien entre civiles y militares masacrados por los bombardeos del 3 de enero— sino la conciencia de habitar un momento de ruptura inédito. El ataque, que golpeó objetivos civiles y militares en Caracas, Miranda, Aragua y La Guaira, desencadenó una batalla inmediata en el plano semántico.
Mientras medios hegemónicos, como la BBC, han emitido directrices internas que prohíben taxativamente el uso del término “secuestro” (imponiendo eufemismos como «detención cautelar internacional»), la realidad de los hechos habla de una violación de los más elementales derechos diplomáticos. El secuestro de un Jefe de Estado en ejercicio y de una diputada de la República es un crimen de lesa internacionalidad que, como denunció Samuel Moncada ante la ONU, borra siglos de jurisprudencia sobre la inmunidad soberana.
En las horas posteriores a los bombardeos, Washington jugó la carta de la guerra cognitiva. Se pusieron en circulación calumnias dirigidas a insinuar un presunto «acuerdo de transición» entre Estados Unidos y la vicepresidenta ejecutiva, Delcy Rodríguez, buscando sembrar la sospecha entre las filas del chavismo y de la FANB.
La respuesta institucional fue un desmentido en los hechos: el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) ratificó a Rodríguez como presidenta encargada, un título que, según los artículos 233 y 234 de la Constitución Bolivariana, no indica un gobierno de transición ad interim, sino la plena continuidad del orden constitucional ante la ausencia forzosa del titular.
No hay vacío de poder, ni espacio para las ambiciones neocoloniales de María Corina Machado, quien, en una entrevista en Fox News, llegó a invocar abiertamente la administración externa de los recursos energéticos venezolanos, evidenciando el rostro fascista de una oposición que ve en las bombas el único instrumento de consenso.
Cuando el cuerpo legislativo 2026-2031 se instaló en el parlamento, la ausencia física de Nicolás Maduro y Cilia Flores pesaba más que cualquier presencia. Y el símbolo que dominó la jornada fue precisamente el que blandía el hijo del presidente, Nicolás Maduro Guerra: el libro azul de la Constitución Bolivariana. Fue esa misma copia, sostenida por las manos del joven diputado, la que sirvió de base sobre la cual los parlamentarios juraron, emocionados, transformando el acto formal en un rito de lealtad colectiva.
Un mensaje mudo pero potente: el presidente ha sido secuestrado junto a su compañera de vida y de lucha, quien quiso seguirlo hasta el final aunque no fuera objeto de la cacería de Trump. Su fuente de legitimidad, determinada por la mayoría del voto popular que reeligió a Maduro al frente del país por tercera vez, permanece íntegra.
Mientras Venezuela digiere el horror, la oposición fascista muestra su rostro más servil. En la entrevista con Fox News, Machado celebró los bombardeos como «necesarios», llegando a delinear escenarios inquietantes para la «transición»: la creación de un consejo de administración colonial compuesto por funcionarios extranjeros y técnicos de las multinacionales petroleras para gestionar los recursos del país. Más inquietantes aún fueron los tres personajes que introdujeron la entrevista con verdaderos planes para las gestas trumpistas y las de su representante.
Como corolario, las declaraciones serviles de la gobernante italiana, firmante junto a Machado de la Carta de Madrid —que en 2020 dio inicio a la nueva internacional fascista contra el socialismo a nivel mundial— y que la llamó para felicitarla por los resultados mortales obtenidos por Trump. Más grotesco aún es el aplauso, descarado o moderado, de esa “izquierda” bélica que saludó el Premio Nobel de la “Paz” recibido por Machado como un símbolo de “libertad” contra el “dictador” Maduro.
Si primero con el genocidio en Palestina, y ahora con el ataque a un país soberano como Venezuela, al imperialismo norteamericano se le ha caído la máscara; igualmente desenmascarada resulta la democracia burguesa de los países europeos, reducida ya a una pálida hoja de higuera. Muchos han comenzado a preguntarse: ¿por qué la operación especial de Putin en una Ucrania que pulula de nazis fue considerada una agresión a castigar con bombas de la OTAN, mientras que el asesinato de 100 personas para secuestrar al presidente de un país soberano es aplaudido por ciertos gobernantes occidentales?
Sin embargo, en un paradoja típica de la diplomacia imperial, la administración Trump parece haber comenzado ya a desconocer a la golpista Machado. Una vez obtenido el control físico de Maduro, Washington parece tener la intención de pasar por encima de su propia «pieza» interna, juzgada demasiado inestable o tal vez ya no útil para un proyecto que apunta ahora a una ocupación directa o a un reparto de recursos sin intermediarios políticos locales. El desconocimiento de Machado por parte de EE. UU., que la usó durante años como ganzúa, es la prueba de la naturaleza de «usar y desechar» a los colaboracionistas.
Mientras tanto, se pone en escena otro acto de la guerra de propaganda tendiente a dividir las filas chavistas con diversas teorías conspirativas, insinuando dudas alimentadas por la desinformación internacional: habría habido traiciones internas, o internacionales (el sospechoso de siempre, Putin), e incluso un acuerdo con sectores del gobierno que prepararan el terreno para la llegada de Trump y sus secuaces.
¿Cómo logró EE. UU. penetrar en Fuerte Tiuna eludiendo todos los sistemas de seguridad? Se preguntan algunos, ¿Quién pudo haber traicionado, tentado por la recompensa de 50 millones de dólares ofrecida por Trump por la cabeza del presidente y otros dirigentes bolivarianos? ¿Por qué la escolta del presidente no “reaccionó”?
Y aquí deben insertarse algunos elementos de contexto que invitan a los teóricos de la conspiración a considerar los datos de la realidad. Primero, la Venezuela bolivariana, a diferencia de los países europeos que han subordinado sus economías a los intereses del complejo militar-industrial, no ha destinado el grueso de su presupuesto a una carrera armamentista desenfrenada, sino a proyectos sociales, evitando así caer en la trampa a la que fue forzada la ex Unión Soviética para protegerse de la agresión norteamericana.
Venezuela es un país que ha visto caer, de 90 a 1, su presupuesto; debido a las medidas coercitivas unilaterales ilegales, y el 75% de lo que quedaba lo ha destinado, aun así, a planes sociales. La lógica de la “economía de guerra” fue asumida para revitalizar la producción nacional, asumiendo los costos de forma colectiva: tan es así que, bajo la dirección de Nicolás Maduro, Venezuela ostenta hoy un crecimiento envidiable, el más alto de América Latina, y produce el 90% de lo que consume.
¿Cómo pudo EE. UU. bombardear Irán, a pesar de su avanzada cobertura de misiles, con el pretexto de que albergaba sitios nucleares? Porque son la principal potencia bélica a nivel mundial, y la asimetría con un país pequeño y pacífico como Venezuela es extraordinaria. Una potencia arrogante y sin frenos que, mientras bombardea Irán por sospechas sobre su programa nuclear, protege el arsenal nuclear sionista e incluso envía un submarino nuclear a amenazar a Venezuela.
Que, además, hubo una heroica reacción por parte de las fuerzas bolivarianas lo atestigua el centenar de muertos (32 de ellos cubanos) y también los numerosos heridos entre los civiles. Fuerte Tiuna no es solo una fortaleza militar donde se encontraban el presidente y su esposa, no es solo una escuela para cadetes, sino que también abarca un amplio territorio destinado a viviendas populares. Quien escribe se alojó largamente en una de ellas durante otro ataque letal a la soberanía del país, conducido por EE. UU. en 2018: el sabotaje eléctrico. Un ataque usado también en la noche del 3 de enero, que destruyó varias instalaciones eléctricas para permitir que las tropas especiales norteamericanas irrumpieran en el fuerte militar. En el intento de defenderse, también el presidente y su esposa resultaron heridos.
Ante estos escenarios de fragmentación inducidos desde el exterior, el Estado venezolano respondió con la máxima firmeza. El Tribunal Supremo de Justicia ratificó a la vicepresidenta ejecutiva, Delcy Rodríguez, como presidenta encargada. Es un título de fuerza constitucional: Rodríguez no es una presidenta interina; una presidenta de transición que ocupa un puesto vacante a la espera de dar paso a EE. UU., sino la garante de la plena vigencia del orden democrático ante la ausencia forzada del titular.
Esta solidez apagó de raíz las calumnias dirigidas por el Departamento de Estado, que insinuaban un presunto «acuerdo» entre la Vicepresidenta y los agresores. La respuesta fue unitaria: el Consejo de Ministros del 4 de enero reafirmó que el país permanece bajo el mando de la fusión popular-militar-policial, que garantiza la paz y la seguridad bajo la dirección del Ministro de Interior, Justicia y Paz, Diosdado Cabello.
Venezuela es hoy una nación que digiere su propio dolor en «perfecta calma», afirmó Diosdado. Sobre los vehículos blindados o las patrullas policiales no hay símbolos aterradores, sino consignas revolucionarias que invitan al coraje y a la reflexión. El país no está bajo la bota de un régimen militar, sino, como prevé la Constitución, en un estado de emergencia debido a una agresión internacional.
No hay saqueos, la gente se moviliza y trabaja como siempre, aunque con cierta aprensión, porque para el imperialismo estadounidense esto no ha terminado. Anoche mismo, el sistema de seguridad bolivariano desactivó la acción de varios drones espías que sobrevolaban el palacio de Miraflores, provocando una nueva alerta, contenida de inmediato por la acción defensiva.
Como se puede ver, al leer la caudalosa entrevista de Ignacio Ramonet —que ya es una tradición de fin de año y que se desarrolló como un paseo por la capital con el presidente al volante, acompañado por Cilia y por el ministro de comunicación, Freddy Ñáñez—, Maduro permaneció hasta el último momento entre su pueblo, garantizando la tranquilidad durante las fiestas navideñas. Quien escribe había regresado la noche anterior al ataque de un encuentro con los pescadores de La Guaira, la costa cercana a la capital, donde no había un solo metro libre para poner la toalla en la playa, que fue bombardeada durante la noche.
Tras meses de ataques y amenazas y de una escalada de violaciones por parte del imperialismo estadounidense, el presidente ya había previsto varios escenarios de defensa y dejó indicaciones claras: en caso de ataque imperialista y de su muerte, se debía pasar a la lucha armada. Los obreros y las obreras, alertados desde hace meses, debían empuñar el fusil y prepararse para una huelga general para defender los recursos y el poder popular. Desde su cautiverio, aun esposado, Maduro logró enviar una señal de victoria al mundo que se hizo viral de inmediato: primero que nada, resistir y luchar. “¡Pase lo que pase, nosotros y nosotras venceremos!”.
En las audiencias en Norteamérica, las imágenes de Maduro y Flores ya han roto el muro de la propaganda. La dignidad con la que el presidente y Cilia, aunque visiblemente heridos, enfrentaron a sus carceleros se ha convertido en un símbolo de orgullo que resuena globalmente. “Soy un prisionero de guerra, un hombre digno, sigo siendo el presidente de Venezuela”, dijo Maduro, rechazando, al igual que Cilia, cualquier acuerdo con los tribunales de EE. UU. Los dos prisioneros cuentan con la asistencia del reconocido abogado de derechos humanos Barry Pollack, quien fuera defensor del fundador de WikiLeaks, Julian Assange.
La próxima audiencia se fijó para el 17 de marzo. Mientras tanto, se movilizan las plazas del mundo respondiendo a la propuesta de organizar las Brigadas Internacionales, obreras, bolivarianas o por la paz: como en los tiempos de la Guerra Civil Española, el socialismo bolivariano es la nueva frontera de los pueblos decididos a construir su propio destino.










