Walter Ortiz
El doble terremoto del 24 de junio nos mostró dos cuestiones muy claras, en medio de una catástrofe nacional que se ha atendido de la manera más adecuada, considerando que, entre otras cosas, la República Bolivariana de Venezuela ha sufrido severas consecuencias fruto de las ilegales e inmorales medidas coercitivas unilaterales que han torturado su cuerpo económico y social por más de una década, con las lógicas consecuencias que esto ha tenido en las capacidades previas de nuestro Estado para poder responder ante semejante desafío.
Esto último, dejando claro que ningún país del planeta tiene capacidad suficiente, incluso en condiciones normales o sin ningún tipo de asfixia económica, para responder al 100% de las demandas de una tragedia del tamaño de la que acabamos de sufrir; tan cierto es esto que Naciones Unidas tiene un sistema completo de previsiones y reacciones de apoyo internacional, precisamente previendo la ayuda humanitaria para cualquier país que la solicite, en caso de catástrofes por acciones de la naturaleza, una estructura diseñada después de años de sistematización de experiencias en catástrofes que llevan a engrosar cualquier tipo de apoyo; más allá de las capacidades estatales.
Por ejemplo, más de un centenar de países ayudaron a Turkiye y Siria para su atención por el doble terremoto ocurrido el 6 de febrero de 2023, Venezuela fue uno de esos países, y envió 50 rescatistas, alimentos y medicinas a ambas naciones.
Visto lo anterior, por un lado esta tragedia nos enseñó el mejor rostro de una humanidad venezolana que en sus 215 años de existencia ha demostrado todo tipo de ejemplos de resiliencia y resistencia ante las dificultades, sacando el pecho ante cualquier tragedia y siendo capaz de no perder ni por un instante la esperanza para ir al frente ante el desafío que se le imponga.
La realidad es que esta nación que pudo ponerse de pie después de uno de los terremotos más nefastos en nuestra existencia, como el acontecido el 26 de Marzo de 1812, al punto de poder fraguar 9 años después nuestra independencia absoluta del imperio más grande que regentaba el planeta en su momento. Esa capacidad de hacerse fuerte, de unirse, de ser solidario, de ser empático, de compartir lo mucho o poco que se tiene, de saber llorar con fuerza ante el sufrimiento y de reír con alegría ante el triunfo, ha dejado una estela de milagros, de ejemplos, de reflexiones y de esperanza que se sostiene viva ante esta tragedia.
Por mucho que las tradicionales carroñas fanáticas quisieron imponer, más ha podido la imposición de una nación unida que salió al frente de esta situación desde la primera hora. Cientos de miles de voluntarios, pueblo organizado, sociedad civil, hombres y mujeres que desde los primeros momentos se preocuparon por trabajar en las áreas de catástrofe; autoridades civiles, militares y policiales brindando todo su esfuerzo desde las primeras horas para acompañar el proceso y también unirse a los grupos de rescate, así como el despliegue de toda fuerza capaz que pudiera acelerar la prioridad de salvar vidas dispuesta por el Gobierno Bolivariano; todo esto se conjugó junto a millones de personas acopiando alimentos, medicinas, ropa entre otros insumos; dentro de un aluvión de buena voluntad que incluso tuvo que encauzarse para no obstaculizar los trabajos propios y para tratar de salvar la mayor cantidad posible de vidas; especialmente en el estado La Guaira.
Pero, por otro lado, debemos exaltar la labor de todos los hombres y mujeres que desde el exterior nos han brindado su ayuda solidaria, atendiendo al llamado de la presidenta encargada Delcy Rodríguez, quién desde la primera hora y al identificar los escenarios posibles que se presentaran como consecuencia de esta catástrofe, decidió pedir el apoyo de todos los factores internacionales que quisieran contribuir a la atención de la emergencia.
Esa contribución absolutamente inconmensurable, y que en el terreno ha tenido manifestaciones maravillosas de agradecimiento, expresadas incluso por los propios rescatistas internacionales, quienes se han empapado de la grandeza del pueblo venezolano, sin duda alguna ha sido, es y será una de las piedras angulares fundamentales de cara al futuro, donde desde la sistematización de la experiencia de atención de esta emergencia, hasta el engrosamiento de nuestra cultura sísmica que debe ser el centro estratégico de nuestro accionar en materia de políticas públicas, serán la clave para ir aprendiendo las lecciones de una tragedia que nos afecta directamente e indirectamente a todos nosotros.
Sin embargo, ante este nuevo desafío, Venezuela nuevamente se levanta con la certeza de que somos una nación viva, que lograremos nuevas epopeyas para la reconstrucción de las zonas de catástrofe, y del país en general.
¡Mucha fuerza patria nuestra!












