Las operaciones de guerra psicológica afloran en medio de la tragedia
Da mucha rabia y desconsuela, tener que desperdiciar esfuerzos en rebatir las deplorables narrativas de los que, a cuenta de ser adversarios de la Revolución Bolivariana, actúan en medio de la tragedia como enemigos del pueblo.
Es lamentable que, en circunstancias tan críticas, sea necesario ponerse a denunciar a los que, con buen tino, han sido calificados como “carroñeros” de las comunicaciones masivas: medios globales y locales, periodistas profesionales, influencers y demás elementos típicos de las redes.
Pero también es un deber hacerlo, sobre todo porque el que calla otorga y, además, porque es necesario dejar constancia del rechazo a ese manejo antiético e inmoral del derecho humano a la comunicación.
Las matrices de opinión impulsadas por esos factores apuntan, como es de esperarse, a acentuar las operaciones psicológicas que se vienen desarrollando contra la población venezolana; prácticamente desde el inicio de la Revolución Bolivariana. Son muy diversas, pero confluyen en lo mismo: destruir el modelo venezolano que, durante lo que va de siglo, ha procurado ser alternativa para el pensamiento único neoliberal y el poder hegemónico de las plutocracias mundiales.
En el breve tiempo transcurrido desde el doble terremoto, se han lanzado toda clase de noticias falsas y perversas tergiversaciones. Se ha acusado al gobierno de una respuesta tardía y hasta de impedir, deliberadamente, la llegada de la ayuda a las edificaciones colapsadas; se ha pretendido establecer la creencia de que los rescates logrados fueron obra de particulares o de grupos extranjeros, sin apoyo oficial; se ha afirmado que militares y policías estaban dedicados al pillaje en la zona de desastre; se ha dicho que la mayor parte de las edificaciones colapsadas son de la Gran Misión Vivienda Venezuela (GMVV); se ha dicho que los cuerpos de seguridad reprimieron a los periodistas en sus labores. Puras mentiras o inaceptables generalizaciones.
Ataques a la GMVV apuntan a eliminarla
Desde la creación de la GMVV, en 2011, para los enemigos estratégicos del proceso político venezolano se convirtió en un objetivo claro y prioritario sabotearla, descalificarla y desprestigiarla. Lo fue porque un beneficio de esa naturaleza podía atornillar en el poder a su principal impulsor. Pero esa finalidad trascendía (y trasciende) al país, pues el éxito de un plan de tal envergadura podía “contagiar” al resto de los pueblos de la región. Torpedear la GMVV ha sido siempre una cuestión ideológica y de negocios.
Ahora, tras el muy destructivo doble terremoto, esos mismos factores políticos y comunicacionales creen haber encontrado la oportunidad para torpedear el programa socialista de viviendas y hacerle un daño terminal en la mente del pueblo.
Al difundir falsas versiones sobre el desplome masivo de edificios de la GMVV (aunque la mayor parte de los inmuebles colapsados o afectados son de construcción privada), se pretende cerrar esa vía como solución para el ingente problema de vivienda que deja la catástrofe.
Aspectos borrados de los relatos
Las abominables matrices, además, ignoran deliberadamente aspectos clave de esta catástrofe. En primer lugar, le restan importancia a la magnitud del evento sísmico y a su poco frecuente característica de haber sido doble. No se trata, desde luego, de un detalle menor, sino de un elemento esencial en cualquier análisis. ¿Está algún país en condiciones de afrontar un fenómeno telúrico tan destructivo en zonas densamente pobladas o cualquier nación habría tenido los mismos graves problemas?
Otro aspecto que ocultan los carroñeros es la perniciosa incidencia que han tenido las medidas coercitivas unilaterales y el bloqueo imperial en la capacidad del país para desarrollar programas en tiempos de normalidad y, con mucha más razón, en situaciones de contingencia.
Quienes se han lanzado, desde el primer minuto a aprovechar la tragedia con fines políticos, han borrado intencionalmente toda referencia a la precaria situación en la que se encuentra el país, tras diez años de medidas coercitivas unilaterales (sanciones) y un bloqueo que al principio fue solo económico y más tarde derivó también al ámbito naval y aéreo, hasta terminar en una agresión militar unilateral.
Estos actores políticos y comunicacionales exponen sus cuestionamientos partiendo de una base inaceptable: la de que estamos hablando de un país que viene desarrollando sus actividades de manera normal.
Se pasa por alto, sin rubor alguno, más de una década de asfixia económica; de medidas que redujeron de forma dramática los ingresos nacionales; más de diez años de parálisis obligada de las inversiones en infraestructura; un largo tiempo sin poder adquirir maquinarias y equipos que, en las actuales circunstancias, habrían ayudado de manera notable a las operaciones inmediatas de rescate.
Las sanciones y el bloqueo han tenido un peso negativo evidente en la vida cotidiana del país, pues para eso han sido diseñadas y aplicadas. Por ello mismo y con más razón, han sido una limitante en la capacidad de respuesta ante una calamidad por demás desproporcionada. Soslayar esa realidad no es un olvido menor. Es, a todas luces, una distorsión radical de cualquier análisis.
No queda más remedio que responder, aunque dé rabia y cause desconsuelo.












