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“El hombre de la plaza”

Crónica de una conversación sobre el dolor, la razón y la Venezuela que no se rinde

Por Cuatro F
15 de junio de 2026
Lectura de: 10 mins read
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“El hombre de la plaza”

José Álvarez tiene 75 años, manos de historia y una rabia que, bien escuchada, resulta ser amor escondido tras una pregunta.

José Álvarez tiene 75 años, manos de historia y una rabia que, bien escuchada, resulta ser amor escondido tras una pregunta.

Por Wolfgang Risales Pacheco

La plaza La Candelaria a media mañana tiene ese ritmo particular de las plazas venezolanas que han visto demasiado: pensionados en los bancos de siempre, vendedores que conocen los horarios mejor que nadie, y de vez en cuando, si uno camina despacio y mira con cuidado, un hombre que carga en el cuerpo décadas de lucha y en los ojos algo que todavía no ha terminado de nombrarse.

José Álvarez —así lo llamaremos para respetar su verdadero nombre— estaba sentado cerca de un árbol, con los brazos cruzados y una expresión que mezclaba el cansancio con algo más antiguo, más denso. Yo estaba haciendo entrevistas a la gente en la plaza y José quiso entrevistarme mí, algo para lo que no nos preparamos casi nunca.

Con un todo exploratorio nos miró— Oigan, ¿Puedo hacerles una pregunta? —dijo.

Si claro, le contesté sorprendido, pero con la sospecha de que algo bueno venía. Así, sin más rodeos. soltó,

¿Qué piensan ustedes de lo que pasó el 3 de enero? la complejidad de su pregunta, solo era precedida por su avidez para medir nuestra respuesta, cuando empezamos la conversación se abrió algo que él mismo no imaginó al hacerla.

El peso de vivir siempre bajo lo que se creyó

José Álvarez tiene 75 años y pasó los últimos veinte del siglo XX en lo que él llama, con precisión y sin ornamento, «los frentes». No entra en detalles que no le corresponden a una plaza pública, pero hay en su forma de hablar de esos años una mezcla de orgullo y resistencia innata.

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Cuando llegó el chavismo, José Álvarez encontró algo que en décadas de lucha no había tenido del todo: un proyecto con nombre, con bandera reconocida, con un hombre que hablaba desde el poder, pero con las palabras de los que nunca habían tenido poder. Se quedó. Se incorporó. Y durante más de dos décadas construyó, a su manera, en su escala, en su territorio, su parte de lo que él llama «la Revolución».

Por eso el 3 de enero lo golpeó de una manera particular.

«Yo me preparé para defender este país. Leí, entendí, creí en la Guerra Popular Prolongada. Y cuando llegó el momento, el escenario no lo permitió.»

Durante décadas conoció de cerca los años donde muchos venezolanos creían que la transformación social sólo podía alcanzarse mediante la confrontación. Su generación aprendió a resistir, a organizarse y a no retroceder ante la adversidad.

Por eso, cuando comenzó a hablar del 3 de enero, lo hizo con una mezcla de rabia, Eso no es traición. Eso es dolor. Y el dolor, cuando no tiene nombre ni espacio, se vuelve rabia. Y la rabia, cuando no tiene dirección, apunta a lo más cercano.

Aquella fecha sigue siendo una herida abierta para millones de venezolanos.

Los bombardeos, el secuestro del presidente Nicolás Maduro y de Cilia Flores, la sensación de que la soberanía nacional había sido violentada, José hablaba rápido. Como quien todavía discute con los acontecimientos.

La pregunta que lo cambió todo

Estuvimos un rato largo en ese primer nivel visceral. Dejé que hablara y dijera todo lo que sentía, porque hay un momento en que la escucha hace lo que el argumento no puede: baja la temperatura lo suficiente para que la razón pueda entrar.

Cuando llegó una pausa, le devolví la pregunta.

—José, y si ese 3 de enero Venezuela le declara la guerra a Estados Unidos y decide inmolar al pueblo ¿Qué crees que hubiese pasado con la nación?

Me miró. No respondió de inmediato, que ya era una señal.

—Le pregunto—insistí—. Un país que lleva catorce años bajo guerra económica, sanciones, guarimbas, paros petroleros. Un pueblo que ha aguantado eso con el cuerpo. Ese pueblo, ese mismo, debía entrar en guerra convencional contra la potencia militar más grande del planeta. ¿Qué pasa con los hospitales? ¿Con los niños en las escuelas? ¿Con las comunidades que se organizan para mejorar su futuro a nivel comunal?

La historia está llena de ejemplos donde la agresión externa despierta los instintos más profundos de resistencia. El patriotismo, cuando se siente amenazado, suele expresarse primero desde la emoción.

Pero las emociones, aunque necesarias, no siempre son suficientes para decidir el destino de una nación.

El silencio de José Álvarez duró lo que duran las cosas cuando pesan de verdad. No fue el silencio de quien no tiene respuesta. Fue el silencio de quien empieza a ver una imagen que antes no quería ver.

—La destruirían —dijo finalmente. Bajo. Sin dramatismo.

—La destruirían —confirmé—. Y no habría Revolución que defender porque no habría pueblo que la sostuviera.

Ahi comenzó el ejercicio más difícil de todos para cualquiera imaginar las consecuencias, imaginó ciudades convertidas en objetivos militares, imaginó hospitales colapsados.

Imaginó los servicios públicos paralizados, imaginó una economía ya golpeada enfrentando una destrucción todavía mayor, imaginó madres y padres enterrando a sus hijos.

Imaginó generaciones enteras cargando durante décadas las cicatrices de una guerra, poco a poco la conversación dejó de girar alrededor de la indignación y comenzó a girar alrededor de la responsabilidad.

La lógica de los que resisten de verdad

A partir de ahí la conversación cambió de naturaleza. Seguía siendo intensa —José Álvarez no es hombre de conversaciones tibias— pero había entrado en otro registro: el del análisis, no el del dolor sin procesar.

¿Aquí como una curiosidad periodística le pregunte? ¿Si te hubiese tocado decidir entre la paz que tenemos ahorita e inmolarse qué escogerías?

Pausadamente y como quien encuentra una verdad en sí mismo preciso sin vacilar

“La paz del pueblo hoy no es la paz de un cementerio, es la paz de quienes están en la calle trabajando”

Tras la respuesta el dialogo se volvió histórico y hablamos sobre como las retiradas estratégicas de Ho Chi Minh en el Việt Bắc, Bolívar en la lucha por la independencia y Lenin con el Tratado de Brest-Litovsk demuestran que el repliegue no es rendición, sino lucidez política. Ceder terreno o pactar una paz temporal fue la vía para preservar sus fuerzas y garantizar la supervivencia de sus proyectos a largo plazo. Esta capacidad de anteponer la vida del pueblo y la estabilidad por sobre el orgullo militar cobra total vigencia en la Venezuela del 3 de enero. En esa fecha de resguardo constitucional, la paz se entiende como una maniobra soberana: el diálogo no es debilidad, sino alta preservación republicana.

Le hablé de los tres principios que guiaron las decisiones del Alto Mando en esos días: la preservación de la paz como garantía de que habría República que defender mañana; el rescate del Presidente y la Primera Combatiente, que el propio equipo de gobierno nombró como rehenes bajo chantaje permanente; y la defensa del poder político como instrumento de protección de los sectores que antes del chavismo no existían ni siquiera en el mapa del Estado.

«El alto mando ejerce una forma de combate y nosotros como pueblo asumimos lo que nos toca aguas abajo.» Una frase que condensa todo: la Revolución no dejó de combatir. Cambió el terreno y la táctica del combate.

José Álvarez escuchó. Y en el escuchar —esto es lo que el trabajo de calle te enseña— fue cambiando algo en su postura. No los brazos primero: eso vino después. Primero los ojos. Algo en los ojos que deja de estar fijo en la queja y empieza a moverse, a procesar, a buscar el encaje entre lo que creía y lo que escucha.

Lo que un hombre de 75 años entiende que muchos jóvenes todavía no

—Mira —me dijo en un momento—, yo he visto muchas cosas. He visto compañeros que por pureza ideológica tomaron decisiones que destruyeron lo que construyeron. He visto organizaciones que se negaron a ceder un centímetro y terminaron sin nada que defender.

Hizo una pausa.

—El problema no es el principio. El problema es creer que el principio funciona igual en todos los escenarios, no es la misma Venezuela de Chávez la que bombardearon.

En esa frase estaba todo. Décadas de lucha, de derrota, de victoria parcial, de aprendizaje con el cuerpo. José Álvarez no exteriorizaba el dolor así por alejarse de sus convicciones: las estaba alimentando por no razonar el escenario. Qué es exactamente lo que hacen las convicciones maduras cuando se encuentran con la realidad sin retroceder y sin rendirse.

Le pregunté cómo veía al pueblo venezolano en todo esto, tras tantos años de lucha-

—Queriendo Paz—dijo—. aun de pie, pero añorando estar tranquilos. Y eso, después de todo lo que ha aguantado, es la cosa más revolucionaria que existe.

«Un pueblo que lleva tantos años de asedio político, económico y todavía está parado es un pueblo que no fue derrotado. Eso hay que entenderlo bien.»

Ya en este punto entendí y él también. que la batalla de las ideas y el debate de altura con un compañero cuya experiencia lo hace ver la realidad distinta a la nuestra siempre y cuando escuchemos, aportemos y respetemos el dolor.

La Venezuela que renace no hace ruido

Al final de la conversación hablamos de lo que viene. No de geopolítica abstracta: de cosas concretas. Del vecino que volvió. Del negocio que abrió. De la obra que se terminó en el barrio. De los niños en la escuela. De las cosas pequeñas y sostenidas que son, en realidad, las únicas pruebas reales de que un país existe.

—El trabajo —dijo José Álvarez —. Al final siempre es el trabajo. El diálogo. Mejorar las condiciones. La paz. Eso es lo que construye. Lo otro destruye, a veces cree uno que tiene razón, pero destruye.

Coincidimos. Y en ese coincidir —entre un periodista en la calle y un hombre de 75 años que vio el siglo XX desde adentro— había algo que no necesitaba más palabras.

José dijo algo que resume en esencia lo que el todo revolucionario debe ver de esta situación.

—” Nos debatimos entre nuestra existencia y un proyecto neoliberal, hoy somos la fuerza que sostiene la república, si nos dividen y ellos se salen con la suya no habrá revolución, no habrá pueblo y ellos van a rendir el país a los pies de las elites”.

Esa afirmación ya era confesión de que José ya estaba en sintonía con el momento nacional que vive el país y lo que requiere la república.

Me levanté para irme, sin querer irme y José Álvarez me extendió la mano.

—Vuelva por aquí siempre —dijo—. Hacen falta más conversaciones de estas.

Mientras yo salía de la plaza de regreso al ruido de la ciudad, pensé que él tenía razón. Hacen falta estas conversaciones. Las que no empiezan con acuerdos sino con dolor. Las que no buscan vencer al interlocutor sino entenderlo.

Las que terminan en el mismo lugar donde deberían terminar todas las conversaciones venezolanas: en la convicción de que este pueblo, pese a todo, sigue eligiendo existir.

La plaza La Candelaria siguió su ritmo. los feligreses entrando a misa, los deportistas en sus máquinas, los pensionados en sus charlas. El sol de Caracas que no pide permiso. Y José Álvarez en su banco, con los brazos ya no cruzados sino apoyados en las rodillas, mirando hacia adelante.

Esa postura, pequeña e insignificante para quien sabe leerla, lo dice todo sobre el estado de una Revolución: todavía estamos mirando hacia adelante y sin tenerle miedo al futuro.

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