Amargura opositora, impacto simbólico, y retorno a escenarios de los que se había excluido a Venezuela; marcan el momento político. Los resultados determinarán, al final, el balance de la gira
Una de las formas de estimar el impacto de una acción gubernamental llevada a cabo en medio de nuestra incesante actividad política es observar qué tanto desconcierto, rabia y amargura genera entre los factores partidistas, mediáticos y de redes de la extrema derecha.
No es que eso sea lo más importante, desde luego, pero es una manera de calibrar el efecto de una política pública, una decisión, un encuentro dentro o fuera del país y hasta alguno que otro desplante.
Una explicación candente de esto está ocurriendo en estos días, con la visita de la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, a Nueva York para asistir a la Asamblea Anual de la Organización de las Naciones Unidas y sostener varias reuniones bilaterales de gran trascendencia noticiosa y, probablemente, histórica.
El descontento, la turbación y el disgusto de dirigentes políticos y figuras mediáticas de la oposición radical ha estado a flor de tierra. Se les oye y se les ve desencajados, indignados, molestos, destilando jugos biliares en sus comentarios y reseñas del viaje presidencial.
Pueden desestimarse estas malacrianzas (así les decía, Carmen, mi madre, a las pataletas y los berrinches), pero sirven para calibrar la profundidad de la crisis de una dirigencia partidista y comunicacional movida por el odio y la sed de venganza. Está claro que no han podido digerir el hecho de que, tras el acto de fuerza de Estados Unidos en enero, ellos sigan siendo opositores y viendo los toros desde la barrera.
La gira presidencial se produce, además, en un tiempo extremadamente difícil para los autodenominados “exiliados”, pues ha habido una nueva vuelta de tuerca en la política de persecución a los inmigrantes, lo que ha generado auténtico terror en enclaves venezolanos, como Doral, en Florida.
A los voceros habituales de este sector, tanto en medios de comunicación convencionales como en redes, se les ha visto dando arengas plañideras. Para esas personas ha sido demasiado que, mientras la presidenta encargada visita Nueva York, el temible ICE (organismo encargado del control de las migraciones) los persigue a ellos, que siempre han respaldado a Trump y todas sus políticas.
Venezuela vuelve de un espacio del que fue excluida
Más allá de ese aspecto sintomático, el viaje de la presidenta encargada demuestra que si Venezuela estaba ausente de importantes foros diplomáticos y geopolíticos, no era por voluntad aislacionista, sino porque los factores de poder real dentro de esos escenarios la habían excluido, como parte de una estrategia global de asedio político, económico, diplomático, mediático y, en última instancia, militar.
Las medidas coercitivas unilaterales y el bloqueo son la causa de que, desde hace varios años, el país se haya visto impedido de votar las resoluciones de la Asamblea General de la ONU. Se alega falta de pago de las cuotas, algo que ocurre porque se cerraron deliberadamente todos los caminos para realizar transacciones financieras.
Algo parecido ha ocurrido con organismos financieros multilaterales que han tenido retenidos recursos propiedad del Estado venezolano —incluso en plena pandemia de Covid 19—, obedeciendo así a las mismas directrices dictadas desde que se nos catalogó como una amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional de EE. UU.
El impacto de la comunicación política
Una arista muy interesante del viaje de la presidenta a EEUU ha sido el impacto de elementos de la comunicación política puestos en juego desde su llegada a Nueva York.
Concretamente, fue viral la imagen de Delcy Rodríguez al bajar de la aeronave y comenzar a recibir los saludos de la comitiva que la estaba esperando. La chaqueta que vestía tenía en la espalda la figura en diapositiva de Mafalda, la genial creación del humorista gráfico argentino Joaquín Salvador Lavado, “Quino”. La eterna niña de las tiras cómicas es emblema de la más aguda irreverencia ante el orden establecido, por lo que la indumentaria de la jefa del Estado venezolano dio mucho de qué hablar.
Tal como el “aquí huele a azufre” del comandante Hugo Chávez o como el gesto con las manos esposadas del presidente Maduro a su arribo a EEUU, luego de ser secuestrado en Caracas, la chaqueta de Mafalda marca la personalidad política de la presidenta Rodríguez en un escenario donde la cuestión simbólica tiene un peso a veces superior al de los discursos.
La importancia de los resultados
Más allá de los logros que ya son evidentes, se espera que la visita de la presidenta Rodríguez tenga notorios resultados en los campos de la geopolítica y la economía, con efectos apreciables para la población venezolana en general, que sigue resistiendo en un año particularmente difícil y trágico.
Cuando se asienten las polvaredas de la polémica en torno al viaje internacional de la mandataria encargada, serán los aspectos pragmáticos los que pasen a tener el mayor peso: acuerdos, alianzas, compromisos sobre el desmontaje de las sanciones y planes concretos de grandes inversiones materializarán los verdaderos alcances de la expedición diplomática.








