
Con EE.UU., nada es lo que dice ser
No son deportaciones, son desapariciones
Estados Unidos siempre ha recurrido a la falsedad: nombres falsos, excusas falsas, noticias falsas; operaciones de falsa bandera y falsos positivos para justificar sus acciones imperialistas. Con Donald Trump en su segunda presidencia, esta característica se ha tornado obsesiva. Todo está signado por denominaciones mentirosas.
En lo que atañe a las relaciones con Venezuela, la peor muestra de esto es que EE.UU. llame deportaciones a lo que, en rigor, son desapariciones forzadas de personas, un gravísimo delito en el ámbito del Derecho Humanitario.
Los migrantes venezolanos privados de libertad en territorio estadounidense y enviados a campos de concentración como la base naval de Guantánamo o, más novedosamente, las prisiones de máxima seguridad de El Salvador, son víctimas de una serie de violaciones a los más elementales derechos humanos. Son rehenes de un gobierno que ha decidido desconocer toda norma, interna y externa, del derecho penal.
Los venezolanos expulsados lo fueron bajo la acusación de “ser criminales”, pero sin que existan trámites judiciales dentro de EE.UU., sin que los acusados hayan tenido derecho a la defensa ni a un debido proceso. En muchos casos, se trata de personas que fueron detenidas en redadas y señaladas como delincuentes solamente por tener tatuajes.
No es un país, es una cárcel
En el caso de los secuestrados que se encuentran en poder de Nayib Bukele, la maniobra imperial se torna inédita, pues cuenta con la complicidad de un gobierno de la región, algo que no se atrevieron a hacer (al menos, no abiertamente) ni siquiera las terribles dictaduras de derecha que han asolado al continente.
El presidente de El Salvador ya era suficientemente polémico por sus draconianas medidas de control de las bandas armadas que tenían sometido al país. Las cárceles en las que ha recluido a los integrantes de las “maras” están, de hecho, entre las más severas del planeta. Pero ese había sido hasta ahora un asunto de política interna de la nación centroamericana. Ahora, al aceptar que EE.UU. las utilice como campo de concentración de extranjeros expulsados, las denunciadas violaciones a los derechos humanos adquieren otra dimensión.
Bukele, cuya popularidad en El Salvador es un hecho irrefutable, se perfila así como el carcelero internacional de Trump. Cuando acepta a prisioneros de un tercer país, sin que medien las formalidades diplomáticas más elementales, está convirtiendo a su país en una cárcel privada. Lo hace por obtener el visto bueno imperial, lo cual es deplorable; pero también lo hace por dinero, y eso tipifica el delito de trata de personas.
¿“Enemigo extranjero”? No, enemigo inventado
Uno de los aspectos más delirantes de esta nueva arremetida contra Venezuela, por parte de Trump, es que se haga invocando un instrumento jurídico estadounidense de 1798 para calificar a los venezolanos como “enemigos extranjeros” y poder saltarse así toda la normativa penal interna.
La aplicación de esta ley antediluviana se basa en la matriz de opinión según la cual la mayoría de los venezolanos que se encuentran en EE.UU. son fichas del Tren de Aragua, una banda criminal ya derrotada en Venezuela, pero que en la narrativa estadounidense es un peligroso grupo terrorista.
La desproporcionada caracterización puede ser vista como resultado de las posturas extremas de Trump y sus principales colaboradores respecto a Venezuela, pero también es la prosecución de una política que ya tiene una década en vigencia y que fue implantada por el demócrata y Premio Nobel de la Paz, Barack Obama, con su orden ejecutiva declarando al país como “amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad nacional de EE.UU.”.
Es, de nuevo, el poder imperial inventándose un enemigo interno que unifique a una sociedad rota y afectada por tremendas dificultades sociales y económicas. Estigmatizar como enemigos a determinadas etnias y nacionalidades ha sido esencial para la élite del poder estadounidense. Lo hicieron con los nativos de ese enorme territorio; con los mexicanos, con los italianos, con los asiáticos, con los árabes y con los latinoamericanos en general. Ahora, por razones ideológicas, arremeten contra los venezolanos.
No son aranceles, es bloqueo
La visión geopolítica del gobierno de Trump se orienta a recuperar el rol de superpotencia unipolar de EE.UU. Hasta ahora, el principal instrumento que ha mostrado para ello es una estrategia de aplicación de aranceles a diestra y siniestra, una genuina guerra comercial contra el mundo, en especial dirigida contra las potencias emergentes y los vecinos (México y Canadá).
En el caso de Venezuela, el anuncio de Trump sobre la aplicación de un arancel de 25 % a los productos de todo país que compre petróleo o gas venezolano, más que una parte de su agresiva política de comercio exterior es una nueva modalidad de bloqueo dirigida a lo mismo que el mandatario ultraderechista intentó en su anterior gobierno: el cambio de régimen político mediante la asfixia económica.
Con su guerra arancelaria en general, y con el anuncio sobre el petróleo y gas de Venezuela en particular, Trump demuele todos los sustentos de la tan cacareada globalización, que EE.UU. lleva casi medio siglo vendiéndole al mundo como supuesta panacea capitalista. Igual que los nombres, las excusas, la noticias, las operaciones militares, eso del libre comercio también es falso. Siempre lo ha sido, solo que ahora lo reconocen abiertamente.