EEUU pisotea el derecho internacional en el relanzamiento de su Doctrina Monroe
Lo ocurrido en Venezuela la madrugada del 3 de enero y lo que sigue ocurriendo en los días sucesivos no es un acontecimiento más en la larga historia de agresiones unilaterales y formas de injerencia imperialista. Es un momento parteaguas, un punto de quiebre no sólo para las agrietadas relaciones bilaterales, sino también para el conjunto del escenario global.
Estados Unidos prácticamente no ha dejado hueso sano en el derecho internacional en este episodio que puede entenderse como un ensayo, en una especie de laboratorio real, para medir los alcances de la versión recargada de su vieja Doctrina Monroe. Prescindiendo de toda limitación derivada de leyes y convenios internacionales, ha lanzado, sin justificación alguna ni previa declaración de guerra, una de las más gigantescas operaciones bélicas contra un país de recursos militares muchísimo menores, en una zona geopolítica de paz, como lo es Latinoamérica y el Caribe.
La infame agresión, que causó un elevado número de muertes y grandes daños a instalaciones militares y civiles no se quedó en ese punto, ya de por sí extremadamente grave, sino que se completó con el secuestro del presidente en ejercicio y de su esposa. De esa manera, se violentó la soberanía territorial y la paz interna, mediante un ataque de terrorismo de Estado, y también se desconocieron las inmunidades que la normativa global les otorga a los jefes de Estado y a los parlamentarios.
Si la llamada comunidad internacional no le planta cara a Donald Trump en esta escalada de su política neocolonialista, belicosa y criminal, pronto no habrá ya contención alguna para las potencias mejor armadas e imperará una nueva ley de la selva en la que los países con débil defensa serán conquistados, anexionados o esclavizados.
La liberación del presidente Maduro es una exigencia mundial
La arrogancia imperial, basada en su fuerza y tecnología armamentista, calculó que bastaría con secuestrar al presidente Maduro y que, a partir de ese punto, la Revolución Bolivariana colapsaría de inmediato, dejando el paso libre a un gobierno títere impuesto por Washington.
Una vez más, calcularon mal. Antes de que amaneciera el día sábado, ya había fuertes indicios de que el Estado venezolano resistiría la embestida y se mantendría en pie, contra muchos pronósticos alegres.
La estructura estatal respondió al ataque al garantizar la seguridad y la paz interna y tomar la providencia de encargar legalmente, mediante decisión del Tribunal Supremo de Justicia, a la vicepresidenta ejecutiva, Delcy Rodríguez, como presidenta encargada, descartando que pueda calificarse la ausencia de Maduro como temporal o absoluta, toda vez que ha sido secuestrado por un gobierno hostil.
Pero, el resultado que tal vez golpeó más duro el orgullo imperialista es el clamor mundial por la liberación del presidente venezolano. La estrategia de criminalizarlo no surtió el efecto que la pandilla de Trump esperaba. No hubo un apoyo generalizado a la captura del mandatario, sino un rechazo creciente, tanto de gobiernos como de pueblos.
Adicionalmente, Maduro ha demostrado la enorme cancha que ha adquirido durante su ya larga carrera política. Ha aprovechado hasta los pocos segundos de exposición pública, para enviar con gestos, breves palabras y una tremenda serenidad, el mensaje de dignidad y resiliencia que lo hace encarnación perfecta del pueblo venezolano en su conjunto.
La sólida figura de la presidenta encargada
El desarrollo de los hechos ha sido vertiginoso. El sábado, pasado el mediodía, a unas diez horas del traicionero ataque, Trump pretendió mostrarse triunfador. Aseguró que ya había logrado tener el control político de Venezuela y, arteramente, insinuó que la vicepresidenta Rodríguez estaba cooperando con ese propósito, con el deliberado propósito de sembrar las dudas acerca de si ella había conspirado para desplazarlo.
La firme postura de Rodríguez, quien afirmó de manera muy enfática, que el único presidente es Nicolás Maduro, llevó a Trump a pasar, una vez más, al terreno de la amenaza mafiosa. Dijo que si no hace lo que le ordenen, habrá nuevos bombardeos y a ella, en particular, le esperará un castigo más duro que el recibido por el presidente secuestrado.
El peligro, ya se sabe, es real. Un sujeto como Trump es muy capaz de reincidir en su acto destructivo, con tal de imponer su voluntad. El poder de fuego acumulado por la fuerza potencialmente invasora es descomunal. Y en una segunda tanda de ataques podría destruir la mitad del país con la finalidad de luego gobernar sobre las ruinas.
Por otro lado, Trump tiene la capacidad de chantaje en sus manos, expresado en la integridad física del presidente Maduro y la primera combatiente. Todos esos factores deben entrar en la ecuación cuando se juzga la estrategia de la presidenta encargada de alcanzar acuerdos con EEUU, siempre desde la dignidad y la soberanía y con la paz como objetivo mayor.












