En un excelente libro titulado La era del conspiracionismo, Ignacio Ramonet analiza, en perspectiva histórica y actual, cómo las teorías de la conspiración, convertidas en poderosas armas ideológicas y políticas, están ocupando cada vez más espacio. El terreno fértil para su rápida difusión son las redes sociales, donde el continuo bombardeo de fake news alimenta la obsesión y el fanatismo de los «dietrólogos» (“detrasólogos”): para ellos, siempre hay «algo detrás» y, por supuesto, ellos siempre saben quién es.
Desmontar la granítica convicción de un terraplanista demostrándole que la Tierra es redonda, es trabajo de Sísifo, ya que te dirá que la ciencia es fruto de un gran complot, etcétera, etcétera. La sociedad estadounidense, dice Ramonet, concentrándose sobre todo en el asalto al Capitolio del primer gobierno Trump, ha sido el escenario más propicio para esta vieja estrategia, y el presidente Trump su artífice.
Al respecto, sin embargo, Italia no tiene nada que envidiar, habiéndose entrenado en el tema durante todo el gran ciclo de lucha de los años 70. Ya antes de 1973, –cuando, tras el golpe en Chile contra Allende, Berlinguer reconoció a la OTAN y lanzó el «compromiso histórico» con la Democracia Cristiana– el PCI llamaba «fascistas rojos» a los movimientos estudiantiles y obreros que protestaban su autoridad desde la extrema izquierda. Era, obviamente, una forma de deslegitimar política y moralmente a quienes cuestionaban la «estabilidad democrática» que el Partido Comunista más fuerte de Europa iba asumiendo como dogma.
«¿Quién está detrás, quién está detrás?» Era el tema recurrente, que se declinaría en todas las salsas al surgir movimientos cada vez más radicales dentro de los cuales se desarrollarían también las organizaciones armadas. La más longeva, las Brigadas Rojas (BR ), que duró casi veinte años, era la más insidiosa de todas: porque parte de sus fundadores provenían de la juventud comunista, porque esos militantes se basaban en la «resistencia traicionada» por aquel moderantismo, y porque querían construir un partido comunista combatiente que le quitara el poder a la burguesía.
Que se luchara contra un Estado burgués tres veces extralegal –el Estado de las masacres en la calle, el de Gladio y el de las mafias– estaba claro entonces, incluso para la mayoría de los militantes del PCI; y, de hecho, muchos de ellos iban a dormir fuera de casa por temor a un golpe de Estado; los fascistas actuaban indisturbados a las órdenes de la OTAN y de la CIA, y cada vez que la clase obrera ganaba terreno, colocaban una masacre para hacer entender en qué manos debía permanecer el poder: para mantener el statu quo anticomunista.
El nacimiento de las BR se dio en ese contexto. ¿Quién estaba «detrás»? El proletariado. Todos, en las fábricas y en los barrios, sabían quiénes eran sus militantes, vanguardias coetáneas de tantos que hicieron carrera política y luego cambiaron de chaqueta: como Giuliano Ferrara, que sin embargo siempre admitió que un militante de las BR tenía un papel político superior al suyo entre los obreros turineses.
Para los muchos que se ejercitan con la dietrología, hay disponibles varios libros de diferente procedencia: desde los de militantes revolucionarios (entre ellos: Un contadino nella metropoli, de Prospero Gallinari, y Correvo pensando ad Anna, de Pasquale Abatangelo, ambos editados por Mimesis), a los de los arrepentidos, a los de carabineros y policías. Entre estos, Antonio De Tormentis, autor del libro Il corpo del reato. La tortura in Italia da reato a metodo, que denuncia el uso sistemático de la tortura contra los brigadistas y los militantes de la lucha armada en los años 70 y 80.
De Tormentis es el pseudónimo que el autor usaba cuando dirigía la escuadra de torturadores en una de las tantas cárceles secretas en las que eran segregados los militantes de la lucha armada. Sin embargo, fue en el ámbito del secuestro Dozier que las denuncias de tortura sistemática contra los brigadistas (en base al «método De Tormentis», como se cita incluso en una sentencia) se hicieron más precisas y difíciles de ignorar.
A los señores dietrólogos, que sacan a colación a la CIA y al Mossad, les preguntamos: ¿saben quién era James Lee Dozier, secuestrado por las Brigadas Rojas el 17 de diciembre de 1981? Era un general de brigada estadounidense de la OTAN. En aquel momento ocupaba el cargo de vicejefe de Estado Mayor para la logística terrestre de la OTAN en el Comando de las Fuerzas Terrestres del Sur de Europa (FTASE) de Verona. Un ataque directo al imperialismo que llevó al gobierno italiano, por orden de los Estados Unidos, a acelerar la tortura de Estado.
¿Y pero, entonces, y Moro? («¿Quién está detrás, quién está detrás?»). He aquí los quintales de basura dietrológica producida en estos años por quienes no se resignan al hecho de que la historia es historia de lucha de clases y de revoluciones, y que estas las hacen (o las intentan) los jóvenes. Ciertamente, para quien nunca ha intentado organizar ni siquiera la silla en la que está sentado, resulta difícil entender cómo funciona una organización político-militar, compartimentada y cohesionada.
Se trata de una estructura rígida en la que nadie puede «infiltrarse» o «pilotar», porque pasa a través del filtro consolidado de años de lucha de clases y de severa selección. Y porque las decisiones políticas no las toma una sola persona. Todas las brigadas de fábrica y la base obrera fueron a votar por la eliminación de Moro . Los infiltrados que hubo al principio de la vida de las BR son conocidos, también porque hicieron arrestar a los compañeros: es este el cometido de los infiltrados. Y de los infames.
Pero, además, bastaría una constatación elemental: ¿qué «infiltrado» o asalariado es tan bobo como para pasar décadas y décadas de cárcel especial sin recibir nada a cambio? Mario Moretti fue arrestado el 4 de abril de 1981 (hace 44 años…), y todavía está en la cárcel. ¿Cuántos culpables de las masacres fascistas en Italia se encuentran en la cárcel? ¿Cómo lo explican los señores dietrólogos? No lo explican porque razonan con el… trasero («¿Quién está detrás, quién está detrás?»).
La dietrología sobre las BR fue utilizada a veces por sectores del Estado y de la política (sobre todo de la Democracia Cristiana) para desviar la atención de los verdaderos problemas de seguridad interna y de las connivencias con la derecha subversiva. Y fue usada por el entonces Partido Comunista, –que votó el estado de emergencia y las cárceles especiales, con las torturas mencionadas– porque debía justificar su propia impotencia y su connivencia, inventándose que aquel fermento revolucionario era un fenómeno «externo» a la clase obrera: una «infiltración» atribuida de vez en cuando a la Unión Soviética o a la CIA. Y ahora, dietrólogos de última hora que quieren recurrir al comedero conspiracionista por algún mísero «like», sacan a colación incluso al Mossad.
Ahora, queridos dietrólogos («¿Quién está detrás, quién está detrás»?), proponemos esta consideración, que sin duda está en sus cuerdas: ¿es posible que, apenas los jóvenes se asoman de nuevo a la lucha –en este caso gracias a los jóvenes palestinos y a los árabes de tercera generación–, lleguen los sepultureros de la memoria a echar fango sobre los intentos revolucionarios del siglo pasado?
Ciertamente, es el gran miedo de la burguesía que se renueva por boca de sus inútiles clérigos. Pero, claro, hace reflexionar la puntualidad con la que actúan los laboratorios de ideas dedicados a difundir ese miedo, alimentando artificialmente el paralizante cortocircuito de los conceptos y de la memoria: porque si todo está sucio, si todos han sido pagados por este o por aquel, si detrás de la realidad siempre hay una mano que la «pilota», ¿por qué moverse, protestar, salir a la calle? Mejor dejar que maniobre el maniobrador.
Y aquí, otro dato sobre el cual reflexionar: en el mismo sitio en que difundía los delirios dietrológicos del recién llegado al comedero «sobre las BR y el Mossad«, figuraba un interesante artículo de defensa de la autenticidad del movimiento de resistencia palestino Hamás, que todos querrían ver gestionado y pilotado precisamente por el Mossad. Piruetas de la dietrología. De todos modos, en beneficio de los terraplanistas de primer y último pelo, a continuación algunos enlaces a investigaciones más serias sobre los argumentos que tanto les apasionan.










