En una magistral clase de cómo lavarse las manos con ácido, el presidente estadounidense Donald Trump demostró una vez más que su capacidad para la empatía es tan vasta como su historial de bancarrotas. Consultado por el brutal remate a supervivientes de un ataque en el Caribe, el líder republicano ofreció un análisis técnico digno de un espectador desapasionado, o de un cómplice buscando la salida más rápida.
Ante la pregunta directa de la periodista Dasha Burns sobre si el segundo golpe —ése que acabó con quienes intentaban nadar hacia la seguridad— era necesario, Trump puso en marcha su mecanismo favorito: la observación casual seguida de la huida hacia delante.
«Bueno, parecía que estaban tratando de volver a la barca», comentó, con la misma frialdad con que alguien describe el clima. Un detalle pintoresco, sin duda. Lo que no añadió fue si, en su opinión, merecían una bala en la espalda por tan comprensible afán de no morir ahogados.
Acto seguido, el hombre que nunca pierde ocasión de atribuirse créditos ajenos y de gritar «¡Yo lo hice!» ante cualquier logro menor, aplicó su famosa doctrina de la responsabilidad evanescente. «Pero no sé, eso es cosa suya», sentenció, lanzando la pelota (o en este caso, la responsabilidad moral) tan lejos que debe haber aterrizado en otro escándalo suyo pendiente.
Es decir, en el universo trumpiano, estar «al tanto» no implica tener juicio, y presenciar —o ser informado de— una posible ejecución extrajudicial sólo obliga a un encogimiento de hombros de alto rendimiento. La ética, al parecer, también es «cosa de otros».
Una lección impecable: cuando la historia te señale por la barbarie, tú señala a otro lado y murmura algo sobre lo que «parecía» estar pasando. El arte de la cobardía, firmado y escupido por el mismo hombre que prometía hacer ganar a América «tan mucho» que se cansaría de ganar. Al menos, en el rubro del desapego humano, sí es un campeón indiscutible.










