Mientras Trump celebra su «operación exitosa», una docena de dolientes lloran en La Guaira a una abuela que sólo quería vivir en paz en su casa. Ella es Rosa Elena González, una de las más de 80 civiles masacrados por los bombardeos estadounidenses.
Con una crueldad que estremece la conciencia humana, Rosa Elena González, de 80 años, fue despedida este martes por apenas una docena de personas en un funeral silencioso y doloroso. Su crimen: vivir. Vivir en la urbanización Rómulo Gallegos, en Catia La Mar, cerca de la meseta de Mamo. Vivir, simplemente vivir, a pocos kilómetros de donde el imperio decidió lanzar sus misiles.
Su muerte no aparece en los titulares glamorosos de las agencias internacionales. No es mencionada en los discursos triunfalistas de la Casa Blanca. Es sólo un número más en la larga lista de víctimas inocentes masacradas en la «operación antiterrorista» que Trump llama «limpia y precisa». Pero Rosa Elena tenía nombre. Tenía ocho décadas de vida. Tenía una casa que amaba. Y tenía el derecho a morir en paz, no aterrorizada por las explosiones que destrozaron su vecindario en la madrugada del sábado 3 de enero.
La lógica perversa de la guerra imperial es sencilla: si vives cerca de un objetivo «estratégico», tu vida vale menos que el objetivo. Rosa Elena vivía cerca de la Academia Militar de la Armada Bolivariana. Eso la condenó. Sus ochenta años, sus recuerdos, sus tardes tranquilas en La Guaira, no importaron cuando los planificadores de guerra en Washington marcaron coordenadas en sus mapas. La llamada «guerra quirúrgica» llegó a su hogar con toda su brutalidad indiscriminada.
Mientras el mundo debate geopolítica, una docena de seres humanos – familiares, vecinos, amigos – cargaron hoy el peso insoportable de la injusticia. Doce personas contra todo el aparato militar más poderoso del planeta. Doce personas que vieron cómo la vida de una anciana era arrancada por una potencia que se autoproclama «paladín de los derechos humanos».
¿Dónde estaban las cámaras de CNN? ¿Dónde los «premios a la valentía periodística» para mostrar el rostro real de esta agresión? Rosa Elena se fue en silencio, como probablemente vivió, mientras los medios hegemónicos repetían como loros la narrativa de «operación legal contra narco-terroristas».
Rosa Elena no está sola. Es una de más de 80 civiles asesinados en esos ataques. Son abuelos, madres, niños, trabajadores. Gente que dormía. Gente que se preparaba para un nuevo día. Gente cuya única «culpa» fue nacer en un país con recursos que el imperio codicia. El petróleo vale más, al parecer, que ochenta años de vida humana.
Este funeral, este duelo íntimo, es la acusación más elocuente contra la barbarie intervencionista. Mientras los embajadores discuten en la ONU, mientras los analistas especulan sobre consecuencias geopolíticas, doce personas en La Guaira entierran a una abuela que ya no verá otro atardecer frente al mar que tanto amaba.
¡BASTA! Basta de guerras que se libran sobre los cuerpos de los inocentes. Basta de «intervenciones humanitarias» que dejan abuelas asesinadas. Basta de impunidad para quienes bombardean barrios civiles desde miles de kilómetros de distancia.
Rosa Elena González, presente. Y que su memoria, y la de las más de 80 víctimas civiles de esta barbarie, sea el juicio histórico que el imperio nunca podrá evadir. La Patria llora a sus hijos. Y el mundo decente debería estremecerse de vergüenza.
Descanse en paz, Rosa Elena. Su muerte no será en vano. Será combustible para la lucha por un mundo donde ningún abuelo, en ningún país, sea asesinado por la ambición disfrazada de justicia. 🇻🇪✊










