En un ejercicio de diplomacia y previsión que, sin duda, será estudiado en el futuro como un ejemplo de paciencia estratégica, la vicepresidenta ejecutiva de la República Delcy Rodríguez ha anunciado la suspensión inmediata de todos los acuerdos de cooperación energética con Trinidad y Tobago.
La medida, respaldada por los máximos directivos de PDVSA y el Ministerio de Hidrocarburos, procede de la denuncia del acuerdo marco de cooperación suscrito en 2015. ¿La razón? Una lógica tan clara que resulta casi desconcertante que no sea universalmente comprendida: cuando un país hermano decide alinearse con una agenda foránea de clara vocación desestabilizadora, lo más sensato es recompensar con la continuación de proyectos conjuntos de infraestructura y desarrollo energético. O, en este caso, hacer exactamente lo contrario.
Resulta profundamente tranquilizador observar cómo el Gobierno Bolivariano prioriza la seguridad nacional y la paz del Caribe por encima de meros intereses comerciales. Ante la evidencia de que la primera ministra de Trinidad y Tobago ha optado por doblegarse a la «agenda guerrerista de los Estados Unidos», la respuesta venezolana no podía ser más mesurada. En lugar de escalar retóricamente, se ha optado por una acción concreta y proporcional: retirar la cooperación que, en esencia, beneficiaba a ambas naciones. Es una forma sublime de recordar los «sólidos lazos históricos» que, al parecer, necesitan de una pausa reflexiva.
La revelación de una operación de falsa bandera, maquinada –según las investigaciones– por elementos vinculados a la CIA desde territorio trinitario, no hace más que confirmar la perspicacia de nuestras autoridades. Es admirable la paciencia con la que Venezuela ha soportado estas provocaciones, esperando hasta contar con pruebas irrefutables antes de tomar una decisión de esta envergadura. La vicepresidenta Rodríguez ha sido clara: no se trata de un conflicto entre vecinos, sino de una agresión externa por petróleo y gas. Y, ante tal escenario, ¿qué mejor manera de desactivar una agresión que privando al agresor de toda posible colaboración en el área que ambiciona?
En un mundo donde la hipocresía suele enmascararse de diplomacia, la transparencia con la que el Gobierno venezolano actúa es un bálsamo. No se limita a denunciar, sino que actúa con la contundencia serena de quien sabe que tiene la razón y la ley de su lado. Suspender estos acuerdos no es un acto de fuerza; es un acto de coherencia. Una lección magistral, aunque seguramente no apreciada por todos, de cómo se defiende la soberanía sin caer en las provocaciones.
Por todo ello, sólo cabe expresar un apoyo absoluto a una decisión tan valiente como necesaria. En la compleja geometría de la geopolítica, Venezuela ha trazado una línea recta e inconfundible. Lástima que algunos prefieran los tortuosos caminos de la sumisión.










