Papel y Tinta

Bicentenario de la primera agresión estadounidense

José Gregorio Linares

Estamos de aniversario. En 1819, hace doscientos años, mientras Simón Bolívar comanda un ejército popular para liberar Nueva Granada (actual Colombia) del dominio español, el gobierno de Estados Unidos prepara una alevosa agresión contra la República de Venezuela: prepara una invasión contra nuestro país y promueve un golpe de Estado contra el Libertador. Ustedes se preguntarán el porqué de semejante ataque. La respuesta: EEUU pretendía escarmentar al Libertador, quien se opuso a aceptar las exigencias del gobierno estadounidense, que demandaba la devolución de las fragatas norteamericanas Tigre y la Libertad, que fueron incautadas en 1817 cuando contrabandeaban armas y víveres a favor de los realistas.

En 1818 la Casa Blanca envió como embajador a Juan Bautista Irvine, quien entre Julio de 1818 y marzo de 1819 se radicó en Angostura e intentó imponer las razones de su gobierno: llevarse las naves y, además, cobrar una indemnización por las pérdidas sufridas. No logró nada. Bolívar se negó a devolver las naves decomisadas y a premiar a unos transgresores extranjeros. Alegó que éstos violaron el derecho internacional público que establece el principio de neutralidad entre naciones que no están en guerra, por tanto debían someterse a los dictados de la ley.

Ante el fracaso de su misión, Irvine afirmó que Bolívar era “un Don Quijote con ambición, pero sin talentos militares”; y recomendó a su gobierno recurrir a la violencia y tomar represalias contra el líder venezolano. Siguiendo sus recomendaciones, en marzo de 1819, el Secretario de Estado norteamericano John Quincy Adams propuso hacer uso de la fuerza: invadir nuestro país con embarcaciones de gran capacidad destructiva, bombardear los pueblos y fortificaciones de las costas del Orinoco, derrocar el gobierno republicano presidido por Bolívar asentado en Angostura, y establecer un gobierno dócil, dispuesto a someterse a los designios norteamericanos. El régimen de James Monroe respaldó semejante barbaridad. Al frente de la misión invasora nombró un oficial de la marina de alto rango con plenos poderes para actuar, el comodoro Oliver Hazard Perry, quien era considerado un héroe de guerra en su país.

Los ocupantes navegaron desde EEUU en dos barcos de guerra fuertemente armados: la Corbeta « John Adams » y la goleta « Nonsuch ». El primero con 544 toneladas y 28 cañones era demasiado grande para navegar por el Orinoco y tuvo que atracar en Puerto España (Trinidad), en espera de las órdenes de Perry. El segundo, con 14 cañones, sí pudo navegar el río; y al arribar a Angostura, para intimidar a las autoridades saludó disparando 21 cañonazos.

En ese escenario de amedrentamiento se dieron las negociaciones entre el Vicepresidente Francisco Antonio Zea y el comodoro Hazard Perry, quien estuvo en Venezuela desde el 11 de julio hasta el 23 de agosto de 1819. El capellán del barco de apellido Hambleton escribió una especie de diario de viaje desde el momento que la misión llegó a la desembocadura del Orinoco. Preparaba el ambiente psicológico y material para la invasión. En relación con los indígenas dice que son “pobres y miserables en extremo. Completamente diferentes a los indios de Norte-América, siendo quizá los más pasivos y más inofensivos del Universo. Son la gente más indolente e inactiva del mundo”. Del ciudadano venezolano asevera que “luce pobre, miserable e ignorante en extremo”. Con respecto al gobierno patriota afirma: “El Gobierno tiende a ser sanguinario y con frecuencia condena hombres a la muerte sin juicio previo, ya se trate de un militar o de un civil. Es más, me pregunto si en el país existe alguna ley, a no ser la voluntad de Bolívar quien es dictador absoluto”. Con respecto a los diputados que conforman el Congreso de Angostura afirma: “El Congreso ha estado sesionando por varios meses, dedicado en especial a preparar una Constitución. Este Cuerpo no es muy respetable, y solamente unos cuantos de sus miembros son hombres capaces. Pasan la mayor parte de su tiempo en una cafetería jugando a chelín cada mano”. Con relación a la capacidad defensiva de la plaza que piensan sitiar dice: “Llegamos a Guayana a las diez de la noche. La Fortaleza principal tiene paredes de piedra, está construida al pie de una colina y tiene cinco cañones; en la cumbre hay otro fuerte militar hecho con iguales materiales y con otros cinco cañones. En ninguna de las dos Fortalezas hay vigilancia regular y los soldados, aun cuando están bien armados, aparecen casi desnudos. Estos baluartes, de estar suficientemente provistos de hombres y municiones, dominarían completamente el río a este nivel donde apenas tiene una media milla de anchura; pero es tanta la falta de disciplina de estos hombres y su ignorancia en el manejo de las armas, que estoy seguro que bastarían doscientos buenos soldados para tomar ambos fuertes”. Además afirma: “Aquí quedan pocas familias respetables y con dinero, ya que la ciudad se empobreció y arruinó cuando cayó en manos de los patriotas”. Recomienda poblar el país con estadounidenses “pues el clima es moderado, y el gasto que ocasiona el vestir y alimentar a los negros no es elevado, y en cambio los beneficios que se pueden sacar de estas tierras pueden ser considerables”. Solo se queja del clima pues “mientras estuvimos en Angostura la tripulación sufrió mucho con la fiebre amarilla; casi la mitad de los oficiales y marinos enfermaron súbitamente”.

En ausencia de Bolívar, el amedrentamiento norteamericano contra las autoridades venezolanas surtió sus efectos. El vicepresidente Francisco Antonio Zea temeroso quizás ante la cercanía amenazante de los navíos de guerra del Norte o tal vez por falta de convicciones en materia de soberanía, aceptó restituir las goletas a sus propietarios e indemnizarlos por los supuestos perjuicios sufridos. Pero la fiebre amarilla les jugaría una mala pasada a los invasores. En la travesía de vuelta a su país, el comodoro Hazard Perry enfermó de malaria y murió frente al Golfo de Paria el 23 de agosto de 1819. Igualmente “casi la mitad de los oficiales y marinos enfermaron súbitamente”. De modo que en Estados Unidos saben que en lo tocante a Venezuela, si de invasiones se trata, aunque los norteamericanos sean superiores desde el punto de vista militar, están condenados a la derrota porque el que se mete con Venezuela…se “enferma súbitamente”.

Leave a Comment