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Poder fáctico Contra Trump Crea problemas con los aliados y hace pensar a la gente

Dos años atrás, durante una entrevista en la prensa norteamericana, Henry Kissinger, el personaje más influyente de la política internacional de Estados Unidos, se lamentaba del bajo nivel que mostraban los líderes en los países aliados al suyo.

El personaje lamentaba la inconsistencia de sus “amigos” mientras observaba que los adversarios tradicionales mostraban superioridad en su clase dirigencial.

La preocupación de Kissinger se materializa hoy en día, Vladimir Putin y Xi Jinping, líderes de Rusia y la República Popular de China, demuestran, han demostrado, ser verdaderos estrategas y estadistas de polendas, la prueba es que sus países, para bien del planeta, para satisfacción de quienes optamos por un mundo multipolar, más justo y equilibrado, han mermado la hegemonía norteamericana.

Esa crisis de liderazgos en el llamado “primer mundo” se hace más evidente entre sus subordinados en países empobrecidos, avasallados por las injustas relaciones diplomáticas, comerciales, y sobre todo por personajes que no dudan en subordinar los intereses de sus países, de sus ciudadanos, al del hegemón.

En tiempos de Kissinger el imperio tenía la misma naturaleza, pero mejores maneras. Hacían un trabajo político más inteligente, elaborado. Hasta las dictaduras del cono sur en nuestro continente intentaban limpiar sus funestos rostros.

Las personas que pusieron al frente tenían mayor densidad intelectual, resultaban creíbles, y hasta tenían cierto respaldo popular, más allá de lo sangrientas y reprochables que fueran.

Hoy no, parece que la crisis de liderazgos a la que hacía alusión Kissinger se hace más evidente.

Ni hablar del mayor exponente, Donald Trump. Lo hemos dicho ya, el personaje incomoda hasta a los centros de poder. Él, aparentemente, no ha entendido que es administrador de la Casa Blanca y que entre sus funciones está la de mantener el statu quo, en algunos casos hasta mejorarlo.

Él está para ejercer control social a nivel interno y externo. Eso incluye guerras preventivas en el exterior, guerras comerciales, como la que desarrolla con China, mantener la hegemonía de su país a nivel global, controlar los organismos internacionales creados luego de la segunda guerra mundial.

Para eso el sistema le ha dado las herramientas. Los medios de comunicación, por ejemplo, pero Trump se empeñó en pelearse con muchos de ellos, con los más importantes, creando malestar en el sistema. Creyendo que como era el presidente de Estados Unidos estaba por encima de todos.

Si bien es cierto que Obama inició la disputa comercial con China, el presidente demócrata lo hacía de una manera controlada, no llegaba a los niveles que llegó Trump, y que lo llevó a recular más de una vez.

Trump no entiende que en este mundo globalizado, interconectado, dañar los intereses de empresas chinas, es también dañar intereses de empresas norteamericanas y de países aliados.

Luego, en un arranque de voluntarismo político, desconoció el acuerdo nuclear que habían suscrito algunos de sus aliados con Irán. Ya Gran Bretaña, Francia y Alemania, le hicieron saber, en el Consejo de Seguridad de la ONU, que no lo seguirán en sus caprichos respecto al país persa.

Igual, Alemania tiene toda la determinación para proseguir el Nord Stream 2 con Rusia, pese a los agravios que emitió Trump contra el país germano. No supo manejar el tema de Venezuela, fue derrotado hasta el momento.

Trump arremetió contra la Organización Mundial de Salud y en los últimos días contra la Corte Penal Internacional. Se abre muchos frentes a nivel de política internacional.

Ni hablar de sus comentarios contra sus aliados en el tema de la OTAN. Los acusa de vividores, chulos.

A nivel interno, el pésimo manejo del coronavirus lo afecta en sus aspiraciones presidenciales. La comunidad científica lo confrontó, incluso miembros del aparato estatal.

El tema del racismo, de los asesinatos de afroamericanos a manos de policías, recrudeció. Parece que no tiene solución bajo la lógica de Trump. En vez de buscar la raíz, ofrece mayor represión.

Son varios meses con miles de norteamericanos protestando en las calles, con mayor o menor beligerancia, según el estado, algo que en cualquier otro país hubiera sugerido una intervención o el llamado, por ejemplo, a una reunión de emergencia en la OEA.

Ahora, Trump no creó ese problema, de hecho, está en la génesis de la sociedad norteamericana, pero sus proclamas incendiarias lo exacerban.

Y para completar el panorama, ahora se le dio por revivir el tema del fraude electoral. Según insiste, el sistema electoral es vulnerable. No solo eso, dijo que de producirse un fraude en su contra, un sector de norteamericanos no lo permitiría. ¿Cómo interpretar eso? ¿Habrá golpe de estado? Esto no se ve nada bien.

¿Para qué quieren, quienes manejan el poder fáctico, un administrador que exacerbe los problemas, que se pelee con todos los aliados, que dinamite los organismos que ellos crearon para sacar ventajas?

Y es que al abordar de esa manera los hechos, hace que quienes no pensaban, piensen. Ante el mal manejo del tema racial, ante la represión, son cada vez más quienes cuestionan, reflexionan, buscan alternativas, otras visiones.

A quienes controlan el sistema eso no les conviene, no les gusta.

No es que Biden, el candidato demócrata, sea un político excepcional, ni mucho menos, pero ante las torpezas de Trump, es el que prefieren.

El asunto es que administre, bajo sus conceptos, con el menor costo político, económico y social, posible, sin pelear con los aliados. Más aún cuando en Euroasia se acumula fuerza militar y poder económico, comercial, para desplazarlos.

Así las cosas, y a tenor de las encuestas, pareciera que a Trump no le quedaría mucho tiempo en la Casa Blanca.