Un orfeón representa el milagro de la unidad en la diversidad. Allí, las individualidades se difuminan para dar paso a un «yo colectivo». Es la imagen de una comuna canora perfecta donde el ego se rinde ante la belleza común, logrando que muchos corazones latan y respiren al mismo compás. Su nombre evoca directamente a Orfeo, el mítico músico de la mitología griega cuya lira y voz tenían el poder de amansar a las fieras, mover las piedras y conmover a los dioses del inframundo. El orfeón hereda ese poder místico de transformar la realidad y tocar lo invisible a través del sonido.
Hoy es jueves 3 de septiembre de 2026. Cada tercer día septembrino es, desde 1976, una jornada dedicada a nuestros muertos, a los mártires de nuestro mundo de azules boinas, a aquellos orfeonistas que no llegaron al XII Día Internacional del Canto Coral en Barcelona. Varios integrantes vivirán esta conmemoración por primera vez. Yo tenía once años cuando mis padres lloraron al oír la noticia en radio Rumbos. El avión se estrelló a las 5:25 de la tarde (hora venezolana). Recuerdo que movían el dial del radio de mesa Phillips que estaba en la sala con la esperanza de que YVKE Mundial, Radio Continente o la Radio Nacional de Venezuela desmintieran la infausta noticia. Encendieron el televisor: El observador venezolano y El informador la confirmaban: “se estrelló avión donde iba el Orfeón Universitario”.
Aquel aciago viernes renace en la memoria cada año. Hace ya medio siglo de este hecho que nos arrebató a su director, Vinicio Adames, considerado uno de los tenores con la voz más hermosa en la historia del país. A veces lo veo en sueños susurrando: “por el llano, por el viento, jaca negra, luna roja. La muerte me está mirando desde las torres de Córdoba”. Nunca olvidaré a mi padre abrazando a mi mamá, a Maira y a mí, mientras nos decía compungido: “me acordé de cuando iba por los caminos lloviendo”, “así se va mi esperanza sin ti por el alma adentro”.
Hoy, a excepción del Cántico de Vicente Emilio Sojo, Vida y muerte de Juan Antonio Pérez Bonalde (musicalizada por Antonio Lauro con el título de Endecha) y Hay luces entre los árboles de Fernando Paz Castillo, —pequeños trenos y elegías por naturaleza—, los debutantes en esta jornada de exequias comprenderán el nuevo significado de cada verso. Un significado que solo nosotros, integrantes de esta arquitectura sonora, reconocemos en estos madrigales y canciones corales nacidas de Juan Bautista Plaza y de la cátedra de composición de la Escuela de Santa Capilla, guiada por la égida del maestro Sojo.
Hoy volamos a aquel 3 de septiembre, y entendemos que “la tarde melancólica solloza sobre el mar”, que “murió el astro en las sombras de la tarde”, que “el aire se ha dormido entre la fronda inclinada hacia el sur y sobre el suelo” y que “en occidente húndese el sol crepuscular”. Comprendemos que “en la vida hay crepúsculos que nos hacen llorar porque hay soles que pártense y no vuelven jamás” y que “un zamuro volando se ha dormido, parece que no vuela casi nada, parece un roto en el azul del cielo”. Entendemos también que las almas de nuestros compañeros “volaron hacia el confín hondo y sereno del azul”, que “rompieron su jaula de marfil” para “dejar en sus ruinas su dolor”.
Pero como los orfeonistas somos seres de esperanza, dominamos el arte alquímico de transformar la herida en luz, el invierno en primavera y la ceniza en un nuevo comienzo, y comprendemos que cada uno de los que partieron es un pétalo que aprendió a volar, entonces les cantamos: “adiós, adiós, maripositas, adiós, maripositas amarillas que salen a gozar de la mañana. Adiós, que sea muy dichoso el vuelo, maripositas blancas y amarillas, también yo voy alegre de paseo”. Y sabemos que “vestido de oro y púrpura mañana volverá” y que “bajo la luna de los maizales, sombra de la raíz”, “vuela la mágica ilusión en un ocaso de pasión, y la acompaña una canción del corazón”.
Y como aprendimos que Véspero es el planeta Venus cuando destella al atardecer y que Céfiro, el viento del oeste y mensajero de la primavera, es hijo del titán de las estrellas Astreo y de la diosa de la aurora Eos, entonces comprendemos que “brilla en el cielo Véspero en su divina paz” y que “hay en el aire trémulo ansias de respirar porque pasa con Céfiro como el alma otoñal”.
Para nuestra paz interior, para cada campesino que está en la tierra, cada marinero que está en el mar, cada miliciano que va a la guerra con un canto infinito de paz, sabemos que “allá en lo azul los lirios ornan alcázares de ensueño”, que “arpas de estrellas melodizan los ritmos y teorías de mil auroras van cantando sobre las nubes su fresca juventud”. Y sabemos también que “hay luces entre los árboles у entre las luces hay casas y, entre las casas, las voces parecen todas hermanas”. Y nos imaginamos el día siguiente del viaje que emprendieron nuestros orfeonistas desde Lajes hasta la infinitud, cantando en un paraíso idílico: “¡Qué mejor oración, qué mayor ansia que sonreír a las rosas de la mañana; ponernos su alma bella en nuestra alma; desearlo todo con su fragancia!”.








