En política es inevitable lidiar con las disidencias, en especial en momentos críticos
El chavismo no es un movimiento político novato. Si fijamos su nacimiento el 4 de febrero de 1992, el año que viene cumplirá 35 años. Puede parecer poco, en términos históricos, pero han sido tres décadas y media de batallas sin tregua. Desde los primeros años de ese intenso tiempo ha tenido que lidiar con traiciones, disidencias, inconsecuencias e incomprensiones de los aliados nacionales e internacionales.
Así que no es algo nuevo bajo el sol lo que está pasando hoy, cuando figuras del espectro de la izquierda que habían sido aliadas del proceso político bolivariano, aparecen ahora como sus más duros detractores. Destacan acá figuras de la intelectualidad de izquierda que tuvieron una permanente presencia en la Venezuela del comandante Hugo Chávez y, con menor intensidad (quizá por la merma de los recursos disponibles) del presidente Nicolás Maduro y que ahora son críticos severos de las ejecutorias de la presidenta encargada Delcy Rodríguez.
¿Qué hacer respecto a esas personas? es una pregunta que circula a menudo en todos los niveles del chavismo.
Diferenciar los casos
Lo más razonable, tanto de dirigentes como de militantes, parece ser comenzar por “separar el trigo de la paja”, es decir, diferenciar los casos. No es igual una crítica procedente de un sólido intelectual orgánico, con muchos años de lucha y muchos libros entregados como aporte al proceso revolucionario, que el aspaviento de algún político oportunista, empeñado en resurgir de sus propias cenizas ideológicas.
Este tamizado permite ofrecer respuestas también diferenciadas, las que cada uno de los casos requiere y amerita. Y, al hacer esa criba, se puede decidir también quién le responde a quién. De esa manera se evita que cuadros altamente calificados se enzarcen en pugnas estériles con sujetos de menor calado intelectual, y viceversa.
Demás está decir que algunos personajes no merecen que se les responda desde ninguno de los niveles. Pero los que plantean críticas de fondo, bien sustentadas, tampoco merecen que se les ignore ni que se les despache con epítetos despectivos.
Argumentos y datos, no ataques a la persona
Una conducta recomendable a la hora de participar en los debates con antiguos aliados que han marcado distancia es, pues, utilizar argumentos y datos, evitando el ataque a la persona.
Esta es una norma que debería valer para cualquier confrontación política, pero se torna difícil de cumplir debido a la esencia misma de las redes sociales, que son el gran escenario de la controversia en la actualidad. Allí predomina el insulto barato y la difamación galopante. Pero es necesario vencer esa tendencia, en especial cuando se trata de discutir con personas que cuestionan —con sinceridad o sin ella— desde posiciones de izquierda.
En la dinámica de las redes, el insulto fácil, es ganancia para quienes buscan sacar provecho particular o encumbrarse como referentes inmaculados de una doctrina política.
Por ejemplo, con respecto a los disidentes de otras nacionalidades, echarles en cara que antes fueron invitados de honor, de los gobiernos bolivarianos, y que disfrutaron de muchos privilegios no es la forma más apropiada de refutar sus opiniones.
Propiciar la autocrítica
En relación directa con lo anterior, antes de fustigar a los nuevos adversarios recordándoles las prebendas que recibieron en tiempos pasados, sería conveniente ir al campo de la autocrítica y preguntarse por qué la Revolución se dedicó a cultivar esos campos floridos de catedráticos, pensadores y militantes internacionales del socialismo, entre quienes se infiltraron también unos cuantos turistas y parásitos políticos, que tan pronto expiró el tiempo de bonanza económica, se marcharon a buscar otros destinos para su supuesta vocación de internacionalismo proletario.
Durante esos años, por cierto, hubo bastantes advertencias, surgidas desde las mismas filas del movimiento revolucionario, acerca de algunos de esos personajes, pero tales observaciones fueron desestimadas y, en no pocas ocasiones, se tachó de envidiosos y mezquinos a quienes plantearon los cuestionamientos. Prevaleció el afán de mostrar al mundo el apoyo de personalidades destacadas o, quizá, se impuso la labia y la audacia de otros.
Favorecer el debate desde las bases
Todo lo anterior vale para la dirigencia en sus diversos estratos, pero solo tendrá resultados reales si llega la militancia partidista y a las estructuras comunales.
El debate tiene que brotar desde las bases. No puede ser una controversia entre mentes consideradas (o autocalificadas de) luminosas. Lo que está pasando en este año, en el que la Revolución se ha visto forzada a dar giros profundos y polémicos bajo evidente coacción imperial, tiene que discutirse con la gente. Las respuestas a los antiguos aliados deben tener la fuerza del pueblo.








