Se ha escrito mucho sobre el regreso de Luiz Inácio Lula da Silva al Palacio de Planalto, a menudo envuelto en una mística de redención personal o de un giro radical hacia la izquierda. Sin embargo, una lectura honesta y descarnada de su victoria electoral nos obliga a despojarnos de romanticismos:
Lula no ganó por ser el abanderado de una revolución, sino porque hizo lo que mejor sabe hacer: sentarse a negociar.
Y si esas negociaciones se tradujeron en votos, fue porque la clase trabajadora brasileña asumió, desde la urgencia y la supervivencia, el rol de barrera antifascista.
Para entender a Lula hay que mirar sus manos, no las de un estadista de academia, sino las de un tornero mecánico.
Su ADN político no es el de un ideólogo intransigente, sino el de un líder sindicalista. En el sindicalismo, la regla de oro es clara: se presiona, se cede y se pacta con el adversario para garantizar ganancias materiales.
Lula aplicó esta misma lógica al tablero nacional.
Comprendió que para derrotar a la maquinaria del bolsonarismo no bastaba con la izquierda histórica. Necesitaba a la burguesía industrial, al centro político e incluso a sus antiguos verdugos.
La imagen de Geraldo Alckmin —el histórico líder conservador al que Lula enfrentó en 2006— asumiendo la vicepresidencia, fue la prueba máxima de este pragmatismo.
Lula no construyó un frente revolucionario; construyó un bote salvavidas institucional. Negoció con el Centrão, calmó a los mercados y prometió orden.
Simplemente, hizo política.
Pero un arquitecto no levanta un muro sin ladrillos, y aquí es donde entra el verdadero motor de esta victoria: el pueblo trabajador.
La movilización popular que llevó a Lula a la presidencia fue un acto de legítima defensa. El bolsonarismo no fue solo una etapa de conservadurismo político; fue un asalto directo a las condiciones de vida de la clase obrera.
La gestión de la pandemia —una auténtica necropolítica que dejó cientos de miles de muertos, concentrados en las periferias y favelas—, la precarización laboral, el desmantelamiento de las protecciones ambientales y el retorno del hambre a los hogares brasileños dejaron claro lo que estaba en juego.
Para el trabajador raso, el campesino sin tierra, el habitante de la periferia y las minorías, votar por Lula no fue un debate académico sobre teorías marxistas. Fue un antifascismo visceral y práctico.
Fue entender que cuatro años más de extrema derecha significaban la aniquilación de los derechos conquistados y, en muchos casos, la muerte física o social.
A esto se sumó la poderosa memoria de clase. El pueblo brasileño recordó que, durante los primeros mandatos de Lula, la dignidad se podía medir: el salario mínimo rendía, la carne volvía a la mesa del domingo y los hijos de los albañiles entraban a la universidad pública.
El contraste entre esa memoria de bienestar material y el oscurantismo autoritario de Jair Bolsonaro fue el catalizador definitivo.
Resulta inevitable, al analizar esta dinámica de resistencia popular frente a los embates de la derecha, trazar un paralelismo político con Venezuela, aun cuando las circunstancias operan en frecuencias muy distintas.
Mientras que en Brasil la estrategia de supervivencia del progresismo pasó por el repliegue electoral, la negociación cediendo espacios y la construcción de alianzas con sectores conservadores para recuperar un Estado secuestrado, el proceso bolivariano ha enfrentado un escenario de asedio continuo desde el poder.
Venezuela ha sido sistemáticamente «bombardeada» —sometida a brutales bloqueos económicos, asfixia financiera, cercos diplomáticos y una guerra mediática sin tregua— y, a pesar de todo ese fuego concentrado para forzar su colapso, el proyecto sigue siendo gobierno.
En ambos casos, con métodos y contextos totalmente opuestos —el pragmatismo de alianzas institucionales en Brasil y la resistencia atrincherada frente al asedio internacional en Venezuela—, el denominador común que sostiene la estructura es el mismo: la base popular.
Así como la clase trabajadora brasileña fue el escudo contra el fascismo de Bolsonaro, es el tejido popular venezolano el que ha soportado el peso del bloqueo para sostener la continuidad de su gobierno.
Al final, sea cruzando puentes institucionales de la mano del pragmatismo o resistiendo de pie bajo el bombardeo económico, la lección es clara: es el pueblo trabajador quien siempre pone el cuerpo para defender su derecho a existir.








