Los procesos de negociación en materia política se dan en contextos históricos determinados, marcados por situaciones de la geopolítica, la geoeconomía, lo social y lo económico, así como el sostenimiento de procesos, de sistemas políticos, de naciones enteras.
El histórico Acuerdo Energético que se ha suscrito entre la República Bolivariana de Venezuela y los Estados Unidos de América parte por un proceso de negociación política entre dos Estados que en estos últimos tiempos tratan de dirimir su contradicción histórica, sobre todo en una época reciente marcada por ires y veníres de una relación sin embargo muy marcada por más de 120 años de relación comercial asociada al petróleo.
No hay buena economía sin buena política, y sería ingenuo en estos momentos tan complejos y desafiantes observar este Acuerdo como el simple intercambio entre empresas bajo el interés y apetito de la energía petrolera y gasífera venezolana. Ha sido absolutamente necesario más de 8 meses de encuentros entre delegaciones del Estado venezolano y el Estado estadounidense para poder avanzar en un acuerdo de gran calado que tiene tres bases políticas y jurídicas esenciales.
En primer lugar la precisión de una reforma parcial de la Ley Orgánica de Hidrocarburos, aprobada de manera unánime por los Diputados y Diputadas de todas las agrupaciones políticas que hacen vida en la Asamblea Nacional, incorporando entre sus diversos dispositivos el «modelo Chevron», fruto de la Ley Antibloqueo impulsada por la entonces Asamblea Nacional Constituyente y que sirvió para que la transnacional estadounidense se mantuviera en nuestro país, aceptando una fórmula ganar – ganar en el proceso.
En segundo término al Reglamento de la Ley Orgánica de Hidrocarburos que viene a reforzar dispositivos que coadyuvan a mayor construcción de confianza entre todos los factores en la negociación, preservando el espíritu ganar – ganar de cada uno de los acuerdos, pero además tratando de juntar los esfuerzos de inversión y tecnología de quienes vienen para Venezuela, junto con la experiencia, el sudor, el esfuerzo y el trabajo de los trabajadores y trabajadoras de la industria petrolera nacional, Petróleos de Venezuela PDVSA, quienes en medio de las dificultades propias producto de genocidas sanciones y tramas de corrupción que causaron profundo daño al corazón económico de nuestro país, supieron salir adelante sosteniendo un nivel creciente de producción que hoy nos tiene en más de un millón 230,000 barriles de petróleo diarios.
En tercer lugar, la necesarísima voluntad política entre ambos Estados, quienes de mutuo acuerdo decidieron avanzar en un proceso de negociación cuyas bases fueron establecidas mucho antes de los 8 meses de negociación particular que condujeron al Acuerdo Energético entre Estados Unidos y Venezuela. Basta solo con recordar a quién nos lee, que en septiembre 2025 el Presidente Nicolás Maduro le envío una carta a su par de Estados Unidos Donald Trump, fijando algunas premisas que, de algún modo, fueron parte de un proceso previo a la terrible mancha, agresiva desde el punto de vista militar y violatoria del derecho internacional, que significó el pasado 3 de enero. Sin esa voluntad política entre el Gobierno de la Presidenta Encargada Delcy Rodríguez y del Presidente de Estados Unidos Donald Trump, sería absolutamente imposible haber llegado a un acuerdo como el que se suscribió esta semana.
Estos tres elementos fundamentales qué posibilitaron la suscripción del Acuerdo Energético con diversas empresas de petróleo y electricidad, para disponer durante 25 años de 17 campos, entre ellos campos vírgenes o greenfield que en sumatoria deben llevar a la producción de un millón 500,000 barriles de petróleo diarios para honrar este convenio; viene a juntar dos objetivos nacionales muy concretos que son expresión real, concreta, aterrizada en la política actual así como la economía, y con miras a un futuro de sustentabilidad en la relación energética entre ambas naciones.
Del lado del objetivo nacional venezolano ni más ni menos que salir con un dispositivo de aceleración de los efectos genocidas de las más de 1089 medidas coercitivas unilaterales que han torturado durante más de una década el cuerpo social y económico de la República Bolivariana de Venezuela, necesitando para ello un acuerdo de gran calado y la voluntad y esfuerzo de los factores que nos impusieron esas medidas, y que hoy son la contraparte de un acuerdo que tiene un alto componente económico pero que sin duda alguna sería imposible sin el acuerdo político previo.
Del lado del objetivo nacional estadounidense procurar una participación importante que garantice provisión de petróleo para su stock de reservas, que ha llegado a una etapa de declinación marcada y recurrente que posiblemente en una década sería definitiva si no tiene ningún tipo de proveedor de recursos petroleros. Esto, que a su vez impacta de manera significativa en el precio del combustible para el consumidor promedio del pueblo estadounidense, les lleva a una necesidad ineludible de acelerar acuerdos que le permitan garantizar un recurso vital para esa Nación, en el menor plazo de tiempo posible.
Siendo así, ambas naciones aún en medio de contradicciones que desde la diplomacia tenemos que seguir dirimiendo, y haciendo un esfuerzo de salir al paso a quienes van a tratar de descarrilar toda esta negociación, porque tienen otras agendas al menos muy divorciadas del interés Nacional de nuestro país; se ponen en la autopista de relanzamiento de una relación petrolera histórica que en ningún momento ha debido detenerse, y que si lo hizo no fue por voluntad de Venezuela precisamente, sino básicamente por irresponsables actitudes de las instituciones estadounidenses que actuaron bajo las súplicas de extremistas opositores que trataron de procurar soluciones de shock para alterar el sistema político venezolano, promoviendo en esencia un cambio de régimen político en nuestra Nación.
Por ende, y más allá de los números del Acuerdo Energético que todavía darán debate y pedagogía para colocarlos, con mente fría, en el escenario económico, político, global actual, especialmente en la necesidad de mayor explicación transparente a nuestro pueblo; no hay duda que se marca un hito interesante de una relación histórica que en ningún momento había tenido un acuerdo de este tamaño, posiblemente anclado en los dos objetivos nacionales que hemos visto en este artículo, que dicho sea de paso no son poca cosa para los intereses nacionales de Venezuela y Estados Unidos.
Falta tela por cortar, pero hay que ser muy racional para ver este paso importante en el corto, mediano y largo plazo para consolidar la estabilidad, paz y bienestar de nuestro país.








