Por: Edwin Velásquez
Hay momentos en la historia de las naciones donde el patriotismo no se demuestra con el estruendo de un discurso contestatario o el choque frontal contra la adversidad, sino con el ejercicio sereno, maduro e inteligente de la diplomacia y la alta política. El reciente discurso de la Presidenta Encargada de la República, Delcy Rodríguez, ante la 81.ª Asamblea General de las Naciones Unidas, marca un hito histórico que no solo abre una nueva etapa institucional para Venezuela, sino que exige de las fuerzas revolucionarias y patriotas un análisis despojado de apasionamientos estériles y enfocado en la geopolítica real.
Para quienes critican desde el sesgo o la impaciencia la ausencia de reclamos altisonantes sobre las agresiones de una potencia nuclear o el secuestro institucional y humano tras los acontecimientos del pasado 3 de enero, es menester recordarles una verdad elemental: la política ha mutado. Exigir una actitud de revancha o pretender actuar movidos por la ira en la
coyuntura actual nos conduciría inequívocamente a una nueva embestida que pondría en riesgo la pervivencia del pueblo y del proyecto nacional. Las batallas no se ganan únicamente en la confrontación abierta; se ganan preservando la vida, la soberanía y el control del Estado.
El solo hecho de que Delcy Rodríguez se presentara ante el foro más importante del planeta y fuera reconocida plenamente como Jefa de Estado por la comunidad internacional (incluidos los propios Estados Unidos), constituye por sí mismo una victoria estratégica incalculable.
Frente a la pretendida narrativa de «desconocimiento» o desconocimiento institucional de las autoridades venezolanas, la realidad geopolítica se ha impuesto: hoy es la representación legítima del Estado venezolano la que lleva las riendas de la nación, se reune con otros
mandatarios, negocia a puertas cerradas, suscribe acuerdos energéticos históricos y defiende los intereses sagrados de la patria, como la Guayana Esequiba bajo el amparo del Acuerdo de Ginebra.
Esta nueva etapa de relacionamiento bilateral con los Estados Unidos, que la Presidenta Encargada saludó y agradeció explícitamente en el estrado de la ONU, no es una claudicación; es la máxima expresión de la Diplomacia Bolivariana de Paz. Reconstruir puentes de diálogo,
procurar el levantamiento total de las sanciones y asegurar la estabilidad económica, científica, tecnológica y militar requiere tener un «estómago fuerte», máxima cordura y una paciencia infinita. La condición de un patriota se mide por lo que hace vivo y por lo que construye para su pueblo, no por una inmolación, no es hacer oda a muertes honorables que han condenado a los más vulnerables al colapso total y terminan sometidos por los enemigos; probar ser revolucionario hoy, es obrar inteligentemente y sin bajas pasiones en las condiciones complejas, como las que vivimos actualmente, en un combate de m nuevo tipo, con hazañas invisibles.
Venezuela ha sido azotada por dos tragedias colosales en este 2026: el «estrangulamiento» de la confrontación política y el devastador golpe del doble terremoto del 24 de junio. Continuar en
la dinámica del malandreo político, de la respuesta visceral o del juego de la trinchera dónde nadie se escucha ni negocia, es hacerle el juego a la guerra que promueven los enemigos históricos de la estabilidad. El Renacer de Venezuela, que más que un eslogan considero es una
doctrina impulsada por la presidenta, no es una simple frase bonita; es un proceso ordenado de reforma jurídica, apertura política plural y reestructuración económica soberana.
Saber ceder en lo no estratégico pero desde lo estratégico, para preservar la línea de flotación de lo vital, no es traicionar los principios; es insertarse con maestría en las dinámicas del sistema internacional sin bajar la guardia, sin comprometer la ética y sin regalar la soberanía.
La fuerza no se grita ni se improvisa en un golpe de mesa; la fuerza se edifica con astucia, sigilo y proyectos concretos que garanticen la prosperidad y tranquilidad de cada familia venezolana.
Hoy la Revolución Bolivariana está llamada a erradicar la cultura del caudillismo y la
confrontación hueca para edificar un país de primer mundo. Al citar el histórico y angustioso llamado del Libertador Simón Bolívar en 1830 a la Convención Nacional, recordando que el soberano es el pueblo entero y no un poderoso, un partido o una facción como lo recalcó la presidenta; Delcy Rodríguez dejó claro que el rumbo trazado busca edificar una República plural, sólida y pacificada.
A todos los camaradas y compatriotas que observan este proceso con incertidumbre, así como
a toda venezolana y venezolano de buena voluntad que anhela estabilidad, se les debe hablar con la verdad histórica: las transiciones y transformaciones más sólidas nacen del fortalecimiento institucional y no de la ruptura suicida. Venezuela ha decidido estar de pie y renacer de entre las cenizas. No es el tiempo de las pasiones desbordadas contra lacayos y enemigos; es el tiempo de las estrategas y los estrategas, ¡de un pueblo estratega!, de la inteligencia nacional y del trabajo incansable por la la reconciliación, la felicidad y la prosperidad de la Patria.








