Por: Mariana Rodríguez
Caracas, 12 de junio de 2026. – El Gobierno venezolano informó que, en una operación conjunta con autoridades de Estados Unidos en el sureste del estado Bolívar, fue neutralizado Héctor Rusthenford Guerrero Flores, alias «Niño Guerrero», cabecilla del Tren de Aragua. La noticia ha generado reacciones encontradas. Para unos, es un logro. Para otros, un motivo de sospecha.
Pero vamos a calmarnos un poco y mirar el panorama con cabeza fría.
Lo primero que hay que entender es que este tipo de acciones conjuntas no son raras. No son excepcionales. No son un invento de Delcy Rodríguez ni una concesión al imperio. Son parte del trabajo cotidiano de los cuerpos de seguridad del mundo entero. Y Venezuela, como cualquier país soberano, tiene sus propios mecanismos para hacerlo.
Porque el crimen organizado no entiende de fronteras. Una banda que opera en Caracas puede tener conexiones en Bogotá, Madrid o Miami. Un cargamento de droga que sale de nuestras costas termina en Europa. Un prófugo venezolano se esconde en Perú o en España. Para perseguirlos, los países tienen que hablarse. Tienen que coordinarse. Tienen que compartir información. Eso no es rendirse. Es hacer bien el trabajo.
Venezuela no improvisa en esto. Contamos con instituciones que llevan años trabajando en cooperación internacional. El CICPC tiene su Dirección de Asuntos Internacionales. La Superintendencia Nacional Antidrogas (SUNAD) coordina la lucha contra el narcotráfico. INTERPOL Caracas funciona desde hace décadas. La Fiscalía maneja extradiciones y asistencia legal. Son entes técnicos, no políticos. Su trabajo es perseguir delincuentes, no rendir cuentas a ninguna embajada. Y lo han hecho con Colombia, con Brasil, con Rusia, con España, con Cuba, con INTERPOL, y sí, también con Estados Unidos. Porque cuando se trata de crimen organizado, los colores políticos se guardan en el cajón.
Esto no empezó ahora. Ya en tiempos de Chávez se hacían operaciones coordinadas con Estados Unidos en el Caribe para interceptar aviones y barcos con droga. Con Maduro también. Hubo reuniones con el Comando Sur, capturas importantes, decomisos récord. La diferencia es que estas cosas casi nunca se cuentan. No son noticia. Son parte del papeleo cotidiano. Pero cuando ocurre algo importante, como la neutralización de un líder criminal, entonces la noticia explota. Y algunos se apresuran a sacar conclusiones apresuradas.
Venezuela no es el único país del mundo que coopera con Estados Unidos en materia de seguridad. México lo hace. Colombia lo hace. Brasil lo hace. Chile, Perú, Argentina. Todos los días. Y nadie les dice «entreguistas» por eso. Porque todos entienden que el narcotráfico no respeta ideologías. Nosotros tampoco tenemos que sentir vergüenza ni miedo. Cooperar no nos hace menos revolucionarios. Al contrario. Demuestra que somos un país responsable, que combate el crimen donde sea que esté, sin importar quién esté al frente.
Aquí lo realmente importante no es quién llamó a quién. Lo que importa es que se desarticuló una banda que sembraba violencia. Que se neutralizó a un delincuente. Que la gente puede estar un poco más tranquila. No estamos pidiendo aplausos. Solo explicando cómo funciona el mundo real. Porque cuando el pueblo entiende que la cooperación internacional es una herramienta más —como los patrullajes, las investigaciones o las denuncias— entonces deja de verla como algo sospechoso o raro.
Venezuela seguirá combatiendo el crimen organizado. Con sus propios medios. Con la ayuda que reciba de otros países, cuando sea necesaria. Y sin que eso afecte un solo milímetro su soberanía. Porque el compromiso es con el pueblo. Y el pueblo quiere paz, seguridad y justicia. Eso es lo único que importa. El resto es ruido.










